martes, 28 de agosto de 2012

¿VAMOS A COMPRAR PASTELES?

Un pionono, una bamba y un petisú, por favor. 
Estaban en la pastelería  Lumar, domingo por la tarde de un día de otoño de hace "nosecuantosaños"...... Paqui, Mª Jose y ella cogieron sus pasteles y se dirigieron a su sitio, su rinconcito, allí en aquella calle poco transitada, donde, en el umbral de la tienda de telas, darían buena cuenta de sus dulces. Risas, confidencias...Y mordisco a mordisco, pasaban la tarde. 
Las tres de Castilla, el trío Acuario, las del Lalala....Así las conocían en el colegio, así las nombraba don Juan Moreno cuando se dirigía a ellas.
Sus camisas, de igual corte, cuello mao, Lois la de Paqui y la suya, de confección casera la de Mª Jose, vaqueros y zapatillas de deporte. Una a rayas blancas con fondo azul, otra con rayas azules y fondo blanco, la tercera de cuadritos blancos sobre fondo azul.....La edad de la imitación, la edad de las primeras y grandes amistades, la edad de la inocencia.
No corría el tiempo para ellas, no importaba lo que ocurría alrededor de su círculo, todo estaba bien, no había de qué preocuparse.
Yo era la tercera, la que se compraba el pionono, la de la camisa con el fondo blanco y las rayas azules, yo era una de las del trío inseparable de amigas, yo fui la que se quedó con "el guapo", la que muchas envidiaron por eso. Yo fui la que peor supo elegir..... Debería haberme quedado en aquel umbral, saboreando mi pastelito, hablando de nimiedades y riendo por tonterías. Me deslumbró su facha, sus palabras dulces, su mirada suave, su aspecto de buen niño.
¡Cuántas veces imaginé cómo hubiese sido mi vida de no haber caído en aquellas manos!.
Quiero volver a comprar pasteles una tarde de otoño. Quiero reir por tonterías, charlar de cosas de "suma importancia" para una niña de trece años. Quiero volver a ponerme mis zapatillas, mis vaqueros de la talla 36, mi camisa Lois, volver a hacerme trencitas en el pelo y recogerlo atrás. Quiero que nada de lo malo que nos ocurriera después hubiese pasado. Quiero volver a la despreocupación, a hablar de los niños que nos gustan y de los que queremos perdernos. 
El trío se disolvió años ha, pero aún seguimos aquí, las tres amigas, con unos añitos más, alguna que otra talla superior a la treinta y seis, con hermosas familias, y con un futuro aún por delante.
Atrás quedaron las canciones de Umberto Tozzi escuchadas en la escalera del Mesón, las compras en mutua compañía, los desaires a los niños moscones que no nos interesaban..... Y nos quedamos con nuestros hombres de carne y hueso, con nuestros añitos de más y con nuestros buenos momentos, que hecho el recuento, ganan a los malos.
Ahora, mirando al pasado, recuperando recuerdos, saboreo todo lo bonito que viví, como en su día hice con aquel pastel.
Mi príncipe salió rana, las amigas encontraron a los suyos después de besar a algún que otro batracio, y yo aproveché la oportunidad que me daba la vida y opté por el príncipe de verdad, uno de esos que no resbala cuando lo tocas, uno que no se ha transformado, por muchos besos que le haya dado y piense darle, en un desagradable anfibio....

sábado, 25 de agosto de 2012

Los sueños de la niña de la casa chica

La niña de la casa chica soñaba despierta. Soñaba con cumplir dieciséis años, vete a saber porqué, pero ella quería llegar a esa edad, la mejor edad según su filosofía de vida.
Sentada en el umbral de entrada a su pequeña casa, al fresco de la noche de aquel verano, miraba las estrellas, buscando El Carro que su padre le había enseñado a identificar, siguiendo El Camino de Santiago y pensando e imaginando dónde acabaría.
El día había sido largo. Pronto llegarían las vecinas para sentarse a la puerta con sus padres. Dentro de nada su soledad se vería interrumpida, y con aquella interrupción se acabarían sus divagaciones, porque con aquella algarabía era imposible soñar, y menos, despierta.
Sería escritora, definitivamente, estaba decidido. Contaría historias, como aquellas que leía en aquel libro gordo de su hermano mayor, aquel con tan bellas ilustraciones. Sí, éso haría, dedicarse a inventar vidas, y así la suya sería un poco mejor.
El primer sueldo lo emplearía en una habitación para ella sola, una cama grande donde poder estirarse, algo imposible en aquel sofá cama que albergaba su cuerpecino todas las noches. La habitación tendría grandes estanterías para poner libros, muchos libros, historias para evadirse del mundo, hechos o narraciones que la llevasen al lecho agotada y llena de vidas con las que soñar.
La niña de la casa chica siempre deseó vivir en una casona. Se imaginaba rondando por las grandes habitaciones, soñaba y pedía que al menos una de ellas estuviera cubierta de volúmenes desde el suelo hasta el techo, con un sillón cómodo, una lamparita al lado, y una ventana con vistas al jardín para poder descansar sus ojos entre tanto relato. El jardín sería magnífico, como todo lo que puede albergar la imaginación de una niña, y hasta podía oler sus flores cuando lo soñaba. Las rosas trepadoras formarían un arco, como los que atraviesan las princesas en sus bodas con los príncipes azules, y los árboles de mimosas llenarían con su fragancia y sus ramilletes amarillos todo el fondo, que podría ver desde la ventana de su espléndida biblioteca......
La voz chillona de la vecina de al lado hizo bajar de golpe a la niña a su mundo real, a su umbral alto, al fresquito de la noche, a sus ocho años y a su pequeña casa.
¡Qué poco duran los sueños!.....
Cumplió los dieciséis, y nada había cambiado. El jardín, la biblioteca, el gran dormitorio, nada de esto lo había conseguido aún, ¡y ya habían pasado ocho años!!!!!. 
La noche era igual de calurosa que la de aquel año, hacía ya siglos. Las amigas la dejaron en la puerta de su casa, de su pequeña pero acogedora casa, y se sentó en el umbral, al lado de su madre, al lado de su padre, y se puso a escuchar atenta las conversaciones de las vecinas, y rió a carcajadas con las ocurrencias de la "siña" María, que siempre la hacía sonreír con sus ocurrencias y su forma de hablar, y así, riéndose , alzó sus ojos al firmamento, cuajado de estrellas como todos los veranos, y divisó El Carro, y encontró El Camino de Santiago, y vio que , como sus sueños e ilusiones, ellos también seguían allí, en lo alto, y se prometió a sí misma que no dejaría de desear, y que por mucho malo que le aguardase en la vida, siempre tendría un lugar donde alzar la mirada, cerrar los ojos, y soñar.........Aunque estuviese despierta.