miércoles, 6 de marzo de 2013

PEDRO JUSTO.

Partió de madrugada, al abrigo de la noche, con algo de comida en un atillo y mucho miedo en el corazón. Atrás dejaba a su familia, su mujer, María, y sus hijos Carmen, Josefa, Juana, Isabel, Pedro y Antonio. Sus hijos, a los que quizás no volvería a ver, su esposa, a la que con total seguridad nunca más volvería a abrazar.
Marchó a buen paso, intentando huir de un delator, de un seguro paseíllo al cementerio, de un chivatazo de un mal nacido que le había arruinado la vida.
El nunca fue activista, su voz nunca se alzó contra nadie, su espalda nunca se irguió sino para descansar del duro trabajo. Aun así, alguien le odiaba. Aun así, algún mal hombre decidió que no merecía vivir y lo señaló como rojo.
Ahora huía, intentaba escapar de la locura en la que se había convertido su pueblo.
Muchos habían caído, a algunos los habían encarcelado, a otros fusilado, a muchas rapado y paseado por la plaza para escarmiento de las demás. A él le avisaron, e intentó alejarse todo lo posible para no comprometer a su familia, su única posesión en este mundo.
Huyó.
Caminó y caminó, mas no le sirvió de nada tanto esfuerzo, pues en Sevilla fue apresado. En una cárcel improvisada terminó su vida, una vida dedicada exclusivamente al trabajo, una existencia truncada por los vencedores, una vida segada como la mala hierba en un campo listo para la cosecha. Y esa cosecha se empapó de sangre, esos futos fueron regados con lágrimas y lamentos de madres, esposas e hijos, como las que derramarían los suyos al saber de su muerte.
María se encontró sola, viuda de un rojo, con seis hijos y ni un solo real para poder subsistir. Los cardillos, buscados al amanecer para luego venderlos, limpios  y lustrosos, la ropa para lavar de las Colonias, donde presos como su marido malvivían dedicando sus últimas fuerzas a la excavación del Canal de Montijo, obra que abastecería de agua muchas tierras de las Vegas Bajas......Estas labores fueron ayudando a la familia, y  con esos pocos dineros consiguieron mantenerse vivos, aunque sus hijos fuesen obligados a cambiar la escuela por el trabajo, pagado con el sustento diario de la comida y una cama, además de unas pocas perras.
Así fue la vida de mis abuelos, de mi madre, obligada con ocho años a cuidar de cuatro niños ricos que podían pasar por sus hermanos, con la salvedad de que ellos dormían en sus cómodas camas y a ella la dejaban en un cuartito del patio, cerca del pozo, muerta de miedo y agradecida al mismo tiempo por tener tres comidas al día que llevarse a la boca.
Mi abuelo sigue allí, en Sevilla, en alguna fosa, sin entierro, sin lápida, sin nadie que le lleve un ramo de flores. Aquí quedaron algunas fotos, muchos recuerdos, y un nombre, Pedro Máximo, hijo de Justo, o Pedro Justo, como ya le llamaban, adjudicándole el nombre del padre como su segundo nombre, una persona pequeña de estatura, trabajador y valiente, que no callaba cuando algo le repugnaba, pero que dejaba vivir, algo que a él le negaron unos asesinos. 

HOY NECESITO SOLTAR LASTRE

Hoy he llegado a estar enfadada con Dios, ese Dios que me ha acompañado cuando no veía luz al final del negro túnel. Creo que no es la primera vez que siento ésto, y El me comprende, porque se porta bien conmigo aunque yo a veces llegue a renegar de su Existencia.
Muchas veces, cuando vemos tantas injusticias, nos preguntamos si en verdad existe un Dios, pues es difícil tener fe en alguien que consiente tanto mal como habita en el mundo.
Mi caso es nimio, sin importancia, no tengo derecho a quejarme, lo sé, pero igual que a cada enfermo le duele más su dolor que a nadie, a mí me duelen mis cosas tanto como al más pintado.
Me han dicho esta tarde que si deseo mal a alguien, ese mal vendrá a mí multiplicado, y sólo he podido contestar como el del chiste: "Pues ya, como no me quede preñao...."...... Pues eso, que creo que trece años y otros quince más contando hacia atrás en el tiempo, me han reafirmado en mi postura: "Hay gente que no se merece vivir".
Me explico: Cuando un parásito vive a costa de los demás, chupándoles la sangre, el alma, la vida, alimentándose de su aliento y engordando con su desgracia, debería ser amputado como el peor tumor conocido.
Cuando ese tumor es además alguien que te ha hecho todo el daño imaginable mientras ha convivido contigo y aun mucho después de haberlo separado de ti, ha destrozado la mayor parte de la infancia de los que más quieres, a ti te ha hecho sentir el peor despojo del mundo y te ha aislado en su "cárcel" de relación idílica a ojos de los demás, ese parásito, en fin, no merece existir, y no me creo mala persona por sentirlo. Sé que es "políticamente incorrecto" lo que estoy diciendo, pero qué queréis, la edad es lo que tiene, ya me importa un comino lo que pueda decir nadie si se siente ofendido con mis palabras. Mi madre solía decir eso de "Más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena", y nunca me ha parecido más acertado el refrán que ahora, porque habrá gente que haya visto desde fuera mi vida junto a ese chupóptero, y pensará que estoy exagerando, no parecía malo el personaje en cuestión, más bien todo lo contrario, pobrecito, con ese aspecto de no haber roto nunca un plato, y yo, tan transparente, tan echada para alante, tan segura de mí misma.....¡Qué pena, Dios, no supe hacerlo bien!. Si hubiese sido tan lista, tan segura, tan echá p´alante, como decimos por aquí, la primera vez que soltó la mano o la primera vez que me dijo que yo era una mierda, debería haberle roto la boca, porque en el fondo es un cobarde, en el fondo era y es una caca de hombre, un tío que no sabe vestirse por donde se visten los hombres, una seta que vive a la sombra de un árbol grande y que engaña con su aspecto, escondiendo en su interior el más ponzoñoso de los venenos.
La justicia no existe, y de esto último estoy aún más segura que de la existencia de Dios. Y bueno, ya que me estoy sincerando, os voy a contar porqué lo pienso. Este parásito, que de aquí en adelante nombraré así para que no tenga que poner nombres, nunca, y digo bien, nunca, ha querido a nadie. Cuando lo cercené de mi cuerpo, cuando lo separé de un tajo de mi lado y de los que quiero más que a mí misma, se fue a vivir bajo otro árbol, a su sombra, fresquito y húmedo como hongo que es, y no quiso saber ya nada de su anterior vida. Desapareció, se esfumó, aunque su hedor ha seguido y sigue persiguiéndonos con el pasar de los años. Está ahí, ha seguido ahí, difundiendo calumnias, arruinándome el nombre, vertiendo mentiras en ambientes cercanos a mí, destrozando lo poco que él había dejado en pie. He tenido que pelear contra todos, labrarme de nuevo la vida, hacer oidos sordos a comentarios y levantar la cabeza bien alto, todo para salir a la calle sin sentir que me señalaban con el dedo. Pero sigue ahí, después de tantos años, respirando, hediendo, intentando hacer más daño, y las leyes no hacen nada para remediarlo. Porque no hay justicia, porque gente así no se merece vivir, y porque ya estoy harta de callarme, porque necesito decirle a todos que el peor error de mi vida sigue recordándome que fui tonta, que no fui tan fuerte como debía y que en su día debí pegarle un buen puñetazo en toda su bocaza de seta...... Quizás así me sentiría muchísimo mejor de lo que me siento.
Y a Dios, solo le pido una cosa, además de que me perdone, y es que me permita seguir durante muchos años al lado de la persona que me ayuda a olvidar aquella pesadilla, el hombre que creyó en mí y vio algo más que lo que decían las malas lenguas expoleadas por aquel parásito. Este hombre, mi marido, les dio una vida a mis hijos, les dio un padre al que admirar, y a mí, alguien a quien querer y respetar.
Aquel sujeto no sabrá nunca lo que es tener todo ésto.