martes, 22 de octubre de 2013

UN AÑO.

Una, dos, tres, cuatro....... Sentada en aquel banco de piedra, con la chaqueta sobre los hombros, miraba caer las hojas junto a ella.
El parque estaba desierto si no mirabas más allá de aquellos setos, algo que a ella no importaba.
Con sus gafas de lejos apenas podía, ni quería, ver más allá. Para mirar dentro de sí no necesitaba cristales.
Hacía un año. Trescientos sesenta y cinco días con sus noches, sus horas, sus minutos y sus segundos. Un año. Observado desde fuera no era nada, un suspiro que arrancaba hojas al calendario, hojas que iban cayendo como esas otras que ahora observaba.
Se fue rápido. No hubo despedidas. Un suspiro a medianoche, al acostarse, un suspiro que ella no supo interpretar y que achacó al cansancio de la vejez, fue lo último que salió de sus labios. Y se apagó.
Un año, todo un largo y triste año.
- ¿Porqué me has hecho esto?....
- Me tocó el turno, mi vida.
- No digas tonterías, te deberías haber resistido.
- No se puede pelear con la muerte, mi niña, Ella siempre vence.
- Conmigo también te rendías pronto. Te odiaba por tu poca resistencia. Me crispabas con tu sonrisa   condescendiente, tus movimientos afirmativos de cabeza, tu beso para callarme las rabietas....
- Sé que en el fondo te gustaba, no te hagas la dura.
- ¿Dura?. Perdida es lo que estoy sin ti. Siempre hacías lo que te pedía, ¿porqué?....
- Porque te quiero.
- Y yo también, cariño, pero necesitaba enfrente a un rival más poderoso, alguien que supiera decirme NO de vez en cuando. Me sentía a veces un poco loca, ya sabes, por lo de darles siempre la razón.....
- Tú siempre has estado un poco loca.
- Ja ja ja ja. No me hagas reír. No quiero reír. Estoy enfadada contigo, muy enfadada.
- Ya sé yo cómo son tus enfados, nunca duraron más de diez minutos.
- ¿Porqué no peleaste, mi amor?. ¿Porqué me has dejado con esta soledad que me desgarra el alma?. ¿Por qué no dejas que te acompañe?....
- La muerte es impredecible, niña. ¿Cómo voy a pretender yo hacerte daño?.¿Cómo no voy a desear tenerte aquí, conmigo?.....Pero no, mi vida, no debes siquiera pensarlo, no lo desees tampoco. Todo ocurre por alguna razón. Deja que te espere. Deja que te vaya construyendo un nuevo hogar aquí donde me encuentro. Ve tú entretanto preparándote. Ve tú, mientras, hablando a los nietos sobre mí. Sigue, mi vida, mi ejemplo, y no regañes nunca a los niños. Haz lo que solíamos hacer aunque yo ya no esté. Cuando hayas terminado la tarea, cuando hayas llenado de buenos recuerdos el corazón de los nuestros, dame un toque, que yo vendré a buscarte. Ese día, mi niña, quiero encontrarte linda.
No te pondrás gafas que oculten la luz de esos ojazos que me vuelven loco. Abandonarás ese bastón, no lo vas a necesitar allá donde voy a llevarte, y sobre todo, antes que lo olvide, pinta esa sonrisa de muchacha que aún conservas, sabes que me gustaba cuando la acentuabas con rojo. Píntate los labios, retócate el pelo, quítate las gafas y piensa en mí. Antes de que puedas mirar el reloj habré llegado a recogerte.
- Eres tonto, mi niño, me has hecho llorar.
Se quitó las gafas, enjugó sus lágrimas y volvió a colocárselas, pero, al mirar a su lado, el banco estaba vacío.
- Un año, todo un año, trescientos sesenta y cinco días, y aún converso contigo...
Las hojas continuaban cayendo. El parque desprendía olor a mojado. Las flores habían abandonado sus coloridos pétalos y el verde se mezclaba con el amarillo.
Ella se había levantado. Un pequeño crujido de sus rodillas la devolvió a la realidad. Estaba mayor, pero sin embargo qué joven se sentía después de una conversación con él; una conversación que muchos habrían tachado de chifladura y que a ella, sin embargo, le parecía de lo más normal.
- ¡Ay, mi niño, no tardes mucho en avisarme, estos huesos no podrán esperar largo tiempo, y yo tampoco! ¡Ahhhhh!.
Y se dirigió a la salida con su bastón, su chaquetilla sobre los hombros y esas gafas que a él no le gustaban, esas gafas que ocultaban la luz de esa mirada llena de amor y de recuerdos, esa mirada que a él le enamoró nada más mirarse en ella.
Y pudo oírlo.
Al pisar las hojas secas crujieron las que él iba pisando.
- ¿Me sigues?....
Y ambos sonrieron.

martes, 8 de octubre de 2013

UNA TARDE EN LA "CALLEJA".

¿Pan con chocolate, o con aceite y azúcar?.....
La niña de la casa chica había terminado sus deberes de la escuela. Tocaba jugar en la calle. No había alquitrán. En su lugar, el terreno era de "barro colorao", algo que los niños agradecerían si jugaban a la "pinchota".
A ella también le gustaba apuntar con el hierro afilado y clavar en aquel suelo blandito, casi rojo, formado a consecuencia de la lluvia de días anteriores y de aquella tierra tan buena para la diversión.
    Si ahora viésemos a nuestros hijos con aquel hierro grueso, pesado, con la punta perfectamente  afilada para que clavase bien, nos echaríamos las manos a la cabeza, Los tiempos han cambiado, los niños de mi generación jugábamos con piedras, palos, latas viejas, hierros afilados, "tiradores" (tirachinas), y no ocurrían grandes desgracias. Si alguien se hacía un "bollo" (chichón), pues nada, moneda al canto y una cinta o pañuelo estilo Rambo para sujetarla..... Que nos hacíamos un corte, pues la mercromina, que además nos daba aspecto de guerreros indios en batalla,y tan frescos. Urgencias no estaba llena de niños que no echaban mocos y enfermaban como ahora. Antes, las "velas" nos las sorbíamos, utilizábamos un pañuelo de tela o, los más impacientes, utilizaban las mangas de sus jerséis.
La niña ha salido a la calle. Hoy, de mere, pan con aceite y azúcar. Cómo brillaba el dulce cristal sobre el verde, y bajo estos dos colores, el blanco del pan de leña.
Mañana querría ir con su madre a la tahona. Aquel lugar, donde la harina estaba continuamente suspendida en el aire, le resultaba muy agradable. Pardo, el panadero, con aquel impoluto mandil blanco y ese gorrito tan gracioso, introducía las enormes bandejas de lata en aquel horno, tirando hacia sí de la pala para dejarlas dentro, sin que se moviesen ni un centímetro del sitio correcto.
El horno se cerraba, y ahora empezaba lo bueno. Aquel olor a pan cociéndose, los dulces del otro horno que las mujeres esperaban para llevar, la harina fuera de los sacos blanqueando el suelo, el azúcar tostándose sobre las perrunillas, los anises desprendiendo su aroma en el vientre de los bollos de chicharrón, la ralladura de limón de aquellos bizcochos para cortar......
Definitivamente, mañana iría con su madre, y le pediría la teta del pan antes de que sus hermanos lo mutilasen.
Ahora, a jugar, ya están todos fuera. Sus hermanos Pedro, Diego, Andrés y hasta José, que es más pequeño, echan a suerte quién empieza con el pincho. Mariano y Manolo, Bartó, Pedro y Angel, Pedro Luís, José, Esteban y Juan Alfonso, y sus amigas Raquel, Dolores e Isabel, que no quieren jugar con los muchachos..... Peor para ellas..... Ella sí jugará, los juegos de las niñas son tan aburridos.....
Mientras tanto, todos han salido corriendo, ya no quieren lanzar la pinchota. Su siguiente objetivo; El pozo del Valle. Nos vamos todos.
Esta noche, piensa la niña, alguien dormirá calentito. El pilón del pozo es demasiado tentador..... y peligroso, andar por el limoso borde y pretender salir ileso es algo arriesgado y de una insensatez rayando en locura. Primera víctima : Andrés, el hermano de la niña. No podía ser otro. ¿Pero cómo no se iba a enfadar su madre con él día sí y día también?. Bueno, esperemos a ver la reacción de mama. Seguro que saca a pasear su zapatilla. ¡Qué buen uso le da la buena mujer!
- Mama, mama, mira cómo me he puesto....
- (Risas de los hermanos)
-¡Ah, sí, pues ven aquí, que te voy a quitar un poquino el frío!....
Y el travieso hermano de la niña reía, esquivando con un endiablado juego de cintura a aquella zapatilla que parecía unida a la mano de su madre.
-Venga, quítate esa ropa, que estás pingando.
.....Y se acabó el castigo por hoy.
Todos se han calmado en la casa chica.
La cena está puesta en la mesa: Pollo frito con patatas y el pan que sobró al mediodía. Ya no tiene tetas, las dos han sido cercenadas por hábiles y pequeñas manos. ¡Qué bueno está ese miajón, qué crujiente sin quemarse está la corteza!.
Mañana, si su madre quiere, la niña irá a la tahona a impregnarse del rico aroma que desprende todo el lugar.
La niña de la casa chica se ha dormido en su sofá-cama. Soñará con nubes blancas con olor a pan, y, saltando sobre ellas, un niño de ojos verdes totalmente empapado.

jueves, 3 de octubre de 2013

PRIMERAS GOTAS DE OTOÑO.

Sentada en el sofá, con el café largo entre las manos, la televisión puesta en no importa qué cadena, miraba por la ventana la lluvia que acababa de llegar. Era otoño, estación recién estrenada a la que ella no tenía en buena estima. Ya se notaban los días un poco más cortos, un poquito más frescos -aunque no mucho, en Extremadura el verano se resiste a marchar- y el corazón se volvía nostálgico como el clima, cansino como las hojas amarillas que empezaban a caer.....
Era tiempo de añoranzas, o no era el tiempo, sino la lluviosa tarde, que acompañaba al recuerdo de otros días pasados. Allí estaba, al fin y al cabo, abstraída de otra cosa que no fuese el lento descenso de las gotas de agua por los cristales.
Había llovido mucho, muchos otoños habían pasado por su mirada, como también veranos con sus calimas, primaveras con sus olores e inviernos con sus aterradores fríos. La niña de la casa chica había vivido ya muchas estaciones, muchos años y aún no podía abandonar a aquella pequeña que la miraba desde el fondo de su corazón. Aquella cría con trenzas no quería dejarla, se obstinaba en estar allí, en aquel rinconcito de su mente, asomándose de vez en cuando a su "nuevo mundo" de adulta, intentando averiguar cuánto de ella aún perduraba en esa otra persona de cuarenta y ocho años en la que se había convertido. Salía, por aquel túnel de los recuerdos, despacito, como siempre había andado por la vida, casi de puntillas, para no enfadarla como en su día hizo con sus adultos, y una vez fuera, asomando aquel flequillo y esos curiosos ojos verdes, sonreía....Se descubría aún en su otra "envoltura", se sabía reencarnada, pero presente, y eso le gustaba.
Entonces era su momento. Con su vocecita de niña, susurraba en aquel túnel los momentos vividos, la felicidad de una numerosa familia, el trabajo incansable de aquella madre ya desaparecida, las noches de juegos con aquel padre con los huesos molidos por el trabajo y la sonrisa intacta, las risas de aquellos hermanos, las conversaciones mantenidas con aquellos buenos vecinos, el cariño de aquellos profesores que tuvo, las primeras amigas, el primer amor platónico, la primera decepción, el primer beso con aquel noviete.......Esos susurros que nadie oiría más que ella, su otra yo, las mantenía unidas. Aquel vínculo, que nadie podría romper, las unía más que nunca en días como hoy.
Y es que el otoño invita al recuerdo. Por eso no le gustaba.
Todo recuerdo te oprime el corazón, te lo rompe un poquito,  añorando su sabor si es bueno, sabiendo que ahora no puedes degustarlo , y  amargándote , revolviéndote la bilis y dañándote el alma si es un mal recuerdo el que te invade......
El café se ha enfriado.
La niña de la casa chica se ha levantado, acercando su cara al cristal. Fuera ha dejado de llover, ha sido solo una "mareíta", como decía su padre, un poco de agua para que la tierra tome un aperitivo.
Abre la ventana. Huele a mojado. Sale al balcón y respira hondo.
Su otro yo, la pequeñaja con trenzas, se ha ido a su rinconcito, tendría ya sueño.
Ella sonríe, le cae bien esa niña.
Vuelve adentro, cerrando tras de sí las ventanas. Es hora casi de la cena, y una niña pelirroja corre hacia ella rodeándola con sus brazos.
-¿Qué hay de cena, mami?.......
Y la niña de la casa chica abraza a su hija, esa otra pequeñaja que tiene y tendrá siempre otro rincón en su corazón.
Quizás no le disguste tanto el otoño.......