miércoles, 23 de enero de 2013

LA PISTA DE LOS COCHES ELECTRICOS

"Canguro" con capucha en gris marengo, vaqueros lavados, melena larga y mocasines. La niña de la casa chica tenía ya doce años. Era una mujer, en el sentido biológico de la palabra, desde hacía más de un año, y en ese tiempo había cambiado su aspecto. Las trenzas, a las que tanto acabó odiando, habían sido desterradas por fin al cajón de la infancia perdida, donde también quedó su flequillo, aquel que desafiaba continuamente la ley de la gravedad empeñándose en alzarse, como fuente de agua, para caer después en cascada.....¡ Remolino traidor!.......
Era domingo, y fiesta. Los autos de choque, o coches eléctricos, como los llamamos por aquí, se habían instalado en el Atrio de la Parroquia de San Pedro Apóstol.
Los bancos de frío hierro que rodeaban la pista estaban llenos de ruidosa chiquillería, cuyas risas eran ahogadas por el continuo sonido de la sirena de la atracción y la música que salía de la cabina.
Raquel, Dolores, Isabel y ella se sentaron en uno de los bancos que acababa de quedar vacío.
Hacía frío esa noche, y la niña no sacaba las manos de su "marsupio" gris, los dedos helados como siempre que el invierno llegaba.
Un chico, mayor que ellas, con aspecto de autosuficiente y ligón de ferias, conducía, sentado en el respaldo del asiento, uno de los coches.
Giraba el volante con maestría, paseándose por la pista y esquivando con soltura a los que pretendían golpearle.
Dio varias pasadas frente a las cuatro amigas, luciéndose, gustándose, con aquella melenita bien cuidada y su ropa de niño pijo.
Cada vez que pasaba frente al banco, miraba hacia ellas, sin atreverse a decir nada pero dejando entrever que tenía ganas de hacerlo.
A la tercera vuelta, como los halcones cuando divisan la presa desde el aire, giró bruscamente el volante de su auto y quedó frente a la niña, con el consiguiente azoramiento de todas, un poco asustadas por esa inesperada reacción del muchacho.
- "¿Quieres montarte?"- Le preguntó a ella.
-"No, gracias, no tengo ganas"- Contestó con una seguridad  impropia para su edad.
-"¡Eh!....¿Sabéis quién es?...." - Vino diciendo otra niña que estaba sentada cerca al ver alejarse un tanto frustrado al muchacho....
-".....Es el hijo de Pinito del Oro, la artista del circo, la trapecista......Es de Madrid, está en el pueblo de vacaciones con la familia de aquí, y es ¡EL DUEÑO de los coches eléctricos!........
¿Qué te ha dicho, que si te montabas con él?...."
- "Sí "-respondió la niña grande de la casa chica
-"¿Y cómo le has dicho que no a El, con lo guapo que es?...."
La niña se encogió de hombros, satisfecha de haber rechazado a tan "ilustre" visitante, y sobre todo, halagada, muy halagada, por sentir por primera vez que le gustaba a los chicos.
Algo más que unas trenzas habían desaparecido del aspecto de la niña, y una pequeña mujer pugnaba por salir, enfundada en una sudadera gris, unos vaqueros lavados y una sonrisa de satisfacción personal.
Esa tarde-noche, cuando llegó a su casita, se guardó muy mucho de contarle a su madre lo ocurrido en la pista de coches, no quería que pensase que ella había provocado algo....Al fin y al cabo, era un incidente sin importancia y ella no había hecho nada malo, así que, mejor callarse y saborear el regustillo a autoestima que estaba endulzando su recién estrenada pubertad.
Nunca llegó a saber si aquel chico era quien todos decían que era, pero no le importó en absoluto. Se habían fijado en ella. Dejaba de ser invisible al fin.
Esa noche durmió con el sonido de la música y el estruendo de la sirena de aquella pista de coches eléctricos, la pista que la hizo verse como una jovencita, la mujercita de la casa chica.
Y soñó en colores.




miércoles, 16 de enero de 2013

LA SOLEDAD DE LA LUNA

Mirando al horizonte las imágenes se difuminaban. El aire, impregnado de sal, refrescaba su cara. A lo lejos se veía una vela, recortada sobre el agua, avanzando hacia la playa.
La arena bajo su cuerpo era suave y fría, el agua empezaba a llegar a sus pies con la marea de la tarde.
Era hora de regresar a casa, era el momento de abandonar los recuerdos en aquella cala.
Hubiese dado la vida por retener instantes, por obligar al sol a amanecer de nuevo, por pedir a la luna que sólo los iluminase a ellos.....Pero el mundo se empeñaba en seguir girando, y aquellos momentos se iban perdiendo más y más con los ocasos.
Muchos soles se habían puesto desde aquella tarde, muchas lágrimas había derramado sobre el azul salado del agua, muchas miradas al horizonte intentando vislumbrar su rostro......Y el tiempo se paró aquella tarde para ella.
Ahora, en aquella orilla ahora solitaria, con aquella espuma que quería alcanzar sus pies, con el horizonte sin velas y el sol apagándose, decidió que allí acababa todo. Era el momento de empezar de nuevo.
Regresaría a casa, sola de nuevo, con su bolsa y su sombrero en la mano, abriría de par en par las ventanas para recibir brisa nueva, amontonaría recuerdos en unas cajas, guardaría fotos en el olvido y abriría una botella de vino. Le gustaba sentarse en la terraza y tomarse una copa,  los pies en alto y la cabeza reclinada, mirar al frente y cerrar los ojos.... Sólo que ahora no los cerraría, no, no quería verlo allí dentro, en su cabeza, así que los mantendría abiertos, muy abiertos, aunque las lágrimas le escocieran tanto al salir de ellos................
No quería recordar, pero lo hizo, a modo de despedida, y se quedó con lo bueno, con los abrazos de madrugada, con los besos a cualquier hora, con las bromas que se gastaban, con las risas que compartían, con aquellos baños eternos en la intimidad de su casa, con los juegos que acababan en disputas reconciliables, con los viajes a lugares recónditos de paisajes increíbles, con las películas compartidas en el confort del sofá, con los "buenos días mi niña" y  los " hasta mañana, amor".....
Y en ese momento sonrió, por primera vez en muchos meses.
Terminó su copa de vino, entró en la casa y se fue al baño. Abrió el grifo del agua, regulando la temperatura de forma que quedase más bien fría, añadió sales de baño marinas y se sumergió en ellas, cerrando los ojos otra vez, sólo que ahora ya no le dolía, y a punto estuvo de tragar el agua cuando intentó sonreír bajo ella. Sacó la cabeza rápido y tosió, riendo, primero tímidamente, escupiendo al mismo tiempo la espuma del baño, pero después soltó una sonora carcajada, y rió, rió a pulmón limpio, abriéndolos, relajando todos los músculos de su cara y su cuerpo, y se hundió de nuevo en las profundidades del mar fabricado en casa.
Esa noche apareció la luna, como siempre, brillante, hermosa, sola como ella, y se dieron compañía. Mañana volvería a amanecer.

 

lunes, 14 de enero de 2013

TARDE DE LLUVIA EN LA CASA CHICA

Llovía a cántaros esa tarde de invierno. Tras la pequeña ventana, la niña de la casa chica miraba los charcos que se habían formado en la calle. Mañana, si no llueve- pensó- podremos salir a jugar con las "pinchotas", el barro colorao es muy bueno para que se clave el hierro.
Adentro de la casa, en aquella cocina que olía a carbón, su madre pelaba patatas a gallo para freírlas después en el perol. Sería la cena para todos, con unos huevos fritos de los que a ellos le gustaban, perfectos, sin puntillas, con la clara firme y la yema blandita para mojar el pan.
Su padre se había venido del trabajo, poco se podía hacer en los tejados cuando el agua caía con tantas ganas. El era albañil, como casi todos los hombres que la niña conocía.
Sus hermanos no estaban, seguramente jugaban con los amigos en sus casas, o quizás no, ya lo averiguarían cuando llegase el momento en que las tripas rugiesen y volvieran para cenar. Si traían el flequillo mojado y las ropas empapadas, se iban a tragar una buena, pensó la niña, que aún miraba tras los cristales.
Su madre tenía la radio puesta. A ella no le molestaba el ruido de ese aparato mientras hacía sus deberes, al contrario, era como un soniquete que no entorpecía para nada sus tareas.
En esos momentos hablaba una señora, una tal Elena Francis, que a todos los que le escribían, la mayoría mujeres, trataba como sus "queridas amigas".......Y la niña pensaba en cómo se puede querer a alguien que ni tan siquiera se conoce.....
Hacía mucho tiempo ya que su pan con chocolate había bajado a su estómago, y sólo con pensar en las patatitas que prepararía su madre la boca se le hacía agua.
Mañana tendría clase, debía terminar de hacer lo que le había mandado don Nemesio; este viejo maestro quería mucho a la niña. Ella lo "adoptó" como su abuelo, porque era lo que parecía, un viejino de los que vas a visitar, les das dos besos y te sientas en su regazo. Don Nemesio era un gran maestro, pero ante todo, era una gran persona. Este hombre, al que el párkinson obligaba a mover la cabeza en un continuo vaivén, querido por todos (aunque los más díscolos se burlasen de su enfermedad) era amigo a su vez del verdadero abuelo de la niña, su abuelo Juan, el padre de su padre, el único al que llegó a conocer. Años después, su madre, le hablaría de Pedro el de Justo, su abuelo materno, que moriría nada más empezar la guerra en una cárcel de Sevilla.
La niña dejó de mirar por la ventana y volvió la vista a su libreta de cuadritos, ya era hora de dejar de divagar, tenía que terminar su trabajo antes de que se oliese el aceite caliente, o su madre vendría y la obligaría a recoger todo para poner la mesa.
Ya estaba hecho. Tareas terminadas, libros recogidos, cartera cerrada y mesa despejada, su madre podría ya venir a poner el hule que no encontraría nada de la escuela por el medio.
La puerta se ha abierto de golpe. Sus hermanos vienen a la carrera, entre risas y empujones, y como la niña se temía, mojados........ Fueron en tropel a secarse un poco antes de ser inspeccionados por su madre, después de lo cual se sentaron al brasero, echándose las enaguas por encima para secar un poco su húmeda ropa.
La madre llegó con el hule enrollado en el palo, para que no se doblara y rompiera y así durase más tiempo, y lo desplegó sobre la mesa camilla.
-Mari, ayúdame a poner la mesa........
Y así, entre risas y codazos, olor a ropa mojada calentándose, patatas friéndose en el perol, huevos haciéndose a fuego lento bien cuajaditos, su padre sentado a la mesa con el vasito de vino y "el parte" que empezaba a sonar en la radio, fue pasando aquella lluviosa tarde en la casa chica, donde la niña crecía casi sin darse cuenta, donde las horas se vivían intensamente, donde no faltaba algo a la mesa cada día, donde, en suma, la lluvia no llegaba y se quedaba tras los cristales, empapando la tierra para hacer el barro colorao.
-Mañana jugaré con mis hermanos a la pinchota.......-