sábado, 5 de noviembre de 2016

LA NIÑA SE HA HECHO MAYOR

"La niña de la casa chica", así la habían llamado siempre las vecinas de su calle. Así le gustaba a ella recordarse ahora, con el transcurrir de los años.
La casa chica, aquella pequeña vivienda de poco más de 48 metros cuadrados donde pasó su infancia, su adolescencia, su juventud. Aquella fue la primera que vio cuando abrió sus ojos a la vida aquel veintiuno de octubre. Esa fue la casa testigo de tantos juegos con sus cinco hermanos. Aquella, la morada donde vivió tantos ratos buenos y muchos malos. La casa encalada con puerta marrón, la más pequeña de la calle, la más aprovechada, la más concurrida siempre, la que era centro de reunión de todos los niños de su calle.
En su adolescencia se avergonzó de ella cuando empezó a salir con aquel muchacho . Él tenía una casa grande con cochera, habitaciones en el piso de arriba, mucho espacio y muebles bonitos. Ella, la niña de la casa chica, no tuvo nunca una habitación para ella sola. Su dormitorio improvisado era el salón, en aquel sofá cama pegado a la camilla. Todas las noches debía sacar las sábanas y la almohada para prepararse a dormir. Todas las mañanas debía recogerlo todo para que se pudiese utilizar como asiento para cuatro.
Ahora todo aquello le parecía tan lejano......
Y sin embargo, no todo había cambiado tanto.
La niña, ya mujer, nunca dejó atrás sus inseguridades, su falta de autoestima, su complejo de inferioridad.
Su ego seguía siendo pequeño, muy pequeño, más diminuto incluso que la casa que la vio nacer.
Su pueblo estaba habitado por mediocres que la habían mirado por encima del hombro intentando empequeñecerla. Muchos de ellos fueron horadando su persona, agujereando su corazón para sentirse así más grandes. Ella seguía sin entender el porqué. Nunca hizo daño a nadie a sabiendas.
Ahora, con cincuenta y dos años, miraba de frente a todos. La vida la había enseñado a no agachar la cabeza ante nadie. No era más, pero menos tampoco. La falta de autoestima la espoleaba para mantener la mirada ante los que antaño la menospreciaron. Había aprendido que todos eran de carne y hueso, igual que ella. Todos acabarían algún día en el mismo sitio. Todos. 
Muchas veces se había cruzado con aquellos que no la aceptaban porque no encajaba en sus círculos. Algunos, hasta la saludaban
, al cabo de los años, porque ahora ella se confundía con el resto y había ampliado su círculo de amigos.
Hoy cree que es el momento de pensar de otra manera, de no sentirse pequeña, de recordar con cariño su infancia y abandonar en un rincón los malos momentos, los desplantes, los desaires, las miradas desde arriba. Es el momento de crecer, de dejar de ser pequeña, de no sentirse chica como aquella casa, de mirar a la altura de los ojos, nunca desde abajo.
Y todos los días sale a la calle con la espalda recta, la mirada al frente y la sonrisa en los labios.
La vida no la trata tan mal después de todo.
Apartando a los mediocres que se pensaban superiores a ella, su día a día está lleno de personas válidas, inteligentes, buenas. Personas que la quieren y la aceptan con sus defectos y sus virtudes. Amigos que no miden si su casa tiene los metros cuadrados exigidos para entrar en uno u otro club.
Esa gente es la que llena su vida por completo, la que la amplía, mejora y enriquece, la que la hace sentirse grande y un poquito importante al saberse querida.
Aquella niña, aquella casa, han crecido. Ya todo forma parte de su vida. 
Ahora toca seguir viviendo, que no es poco.


Feliz cumpleaños, mama, allá donde estés.

sábado, 16 de julio de 2016

LAS PRINCESAS VAN AL BAÑO

Las princesas también van al baño.
No soy menos que ellas.
Cuando tengo miedo al ridículo, cuando me entra el pánico escénico ante alguien que creo es más importante que yo, siempre pienso lo mismo. En todas las películas dicen que si te da vergüenza hablar en público te los imagines desnudos. Creo que ésto no sirve mas que para ponerse más nervioso. Mi táctica, creo, es bastante más efectiva.
Imaginaos a toda una princesa, una reina incluso, un ministro, un presidente o presidenta, o ministra, o príncipe, sentados en su trono blanco..... Todos, absolutamente todos, independientemente de su regularidad digestiva, pasan en algún momento del día por el mismo asiento.
Imagínaos sus caras rojas por el esfuerzo cuando no han tomado suficiente fibra, o sus rostros relajados y satisfechos cuando llegan por fin al ansiado lugar en un momento de apuro, aguantándose a duras penas las ganas hasta sentarse por fin y dejarse llevar por la llamada de la naturaleza.
Todos, al igual que en la muerte, somos iguales en nuestros retiros íntimos.
Nadie es más importante. Nadie siembra rosas. Nadie produce lingotes de oro. Nadie, absolutamente nadie, siente su "perfume".
Cuando veo a los glamurosos de la jet set, a las celebridades de Hollywood paseando por las alfombras tiradas a su paso, a los reyes y reinas saludando a la plebe desde sus coches blindados, a los banqueros que gobiernan el mundo decidiendo cuánto van a subir el precio del dinero, a los políticos en campaña regalando besos a los niños y prometiendo el cielo si hace falta, cuando observo todo ésto y los veo como seres inalcanzables, como dioses del Olimpo reencarnados, recuerdo que todos ellos van al baño y se igualan en el rasero de humanidad por el que los mido, a mi humilde persona.
Entonces me encuentro mejor, mucho mejor.
Quizás ellos no utilicen el papel higiénico que esté en oferta en el supermercado del barrio. Tal vez, sólo tal vez, cuando limpien sus ilustres intestinos laven sus vergüenzas bajo chorros emergentes de grifos dorados. Quizás, quién sabe, tienen inodoros que vaporicen con rosas el habitáculo para camuflar su humanidad..... Pero todos ellos, absolutamente todos, tienen que agacharse. Y entonces, por una vez, por unos instantes, nos encontramos a la misma altura.
Igual os resulto escatológica...... O rara de narices..... O morbosa.....
Yo no me creo de ninguna de esas maneras. Bueno, quizás rara, un poquito rara. Pero me gusta ser rara.
¿Creéis que soy rara?
¿Acaso vosotros no váis al baño?
Yo sí voy, casi todos los días. Me miro al espejo y pienso: " Eres igual que una princesa"

miércoles, 22 de junio de 2016

EFÍMERAS TELAS DE ARAÑA


Se estaba empezando a hartar de tanta hipocresía.
Añoraba partes de su pasado y sentía impotencia al darse cuenta que jamás regresarían.
En su vida, en esa etapa tan negra y dolorosa en que muchos le dieron la espalda, aparecieron personas que ahora mismo no sabría ni cómo clasificar. En aquel entonces los llamó amigos, aun consciente de que esa palabra les quedaba grande. Era lo que tenía, no podía aspirar a más.
Es curioso todo lo que se rompe cuando tomas una decisión en tu vida personal. Todo se conecta, y por tanto, todo acaba igual de roto que su centro.
Una tela de araña invisible une todos los momentos de la vida, relacionándolos entre sí, a tal punto que si una pequeña hebra se suelta, todo queda destruído.
Eso fue lo que le ocurrió. Por eso ella tejió otra tela.
En esa urdimbre empezaron a cohabitar seres extraños,personas que haciéndose pasar por amigos le robaron su energía vital. Acomodó sus oídos a los problemas de aquellos "especímenes", los consoló, los ayudó, cedió su vida y su plato a alguno de ellos.....Hasta que se hartó.
Nadie la apreció como ella hubiese deseado. Nadie la consoló. Nadie la escuchó. Nadie, absolutamente nadie, le entregó su amistad como ella la entendía. La ley del embudo suelen llamar a esta actitud egoísta.
Rompió otra tela, ésta la estaba asfixiando.
Conoció al hombre de su vida. Él tenía una tejida, con años de antigüedad, aunque también un poco desgastada por el uso.
Ella se acomodó en esa tela, crédula de que aquellos que la conformaban eran de otra manera.
Desde el principio le dejaron claro que era una intrusa. Antes que ella, otra había ocupado su lugar.
Ahora, después de muchos años, todos los especímenes de esa tercera trama, habían abandonado el lugar para formar su propia biosfera. En ella no cabían ya ni ella ni él. 
La persona que compartía su vida no se explicaba esta actitud, en cambio ella sí la entendía.
En esta vida, cuando vives en una maraña, no puedes dar un paso sin que los otros no se balanceen. Tus palabras deben ser siempre las que los demás quieren oir. No les interesan los problemas, ni las penas, ni los sentimientos ajenos....... La amistad, para ellos, es ocio, entretenimiento, fiestas, situaciones en las que no importe qué pasa en el corazón del que está enfrente, donde no quieren saber para no tener que ayudar.
Eso sí, después nos gusta hacernos fotos y colgarlas en las redes, aparentar, fingir, ignorar todo lo demás.
Ella, desde su pequeñita tela construída con tanto amor, miraba las otras deshechas desde su recuerdo y no lo acababa de entender. ¿En qué momento tuvo la idea absurda de encajar en ellas?
A veces sentía ganas de gritar, de decir a todos lo que pensaba, lo que sentía, lo que la habían hecho sentir, pero otra parte de sí la contenía. No, no era miedo, sino  indiferencia. Sí, indiferencia, que es lo peor que se pueda sentir por alguien.
Solamente el amor rellenó el profundo hueco dejado por esos ausentes. Sin embargo, en la soledad de su mundo, en su biosfera, en su microcosmos privado, nunca dejó de añorar a aquellos amigos que perdió en el camino tras romper la primera hebra.
La distancia había puesto una barrera insalvable entre ellos. Los años, los acontecimientos, aquella primera brecha que separó sus rumbos, hacían muy difícil la unión de sus vidas.
Y ella lo sentía en el alma.
¿No habría una forma- pensaba- de volver a coser los hilos que la unieron en su día a ellos?
Difícil trabajo para la mejor modista. Las telas de araña no se remiendan.

martes, 8 de marzo de 2016

MENSAJE PARA TI.

Ofréceme otro ratito de tu tiempo, regálame un pedazo de tu vida, aunque sea pequeño.
Regálame tu sonrisa en la mañana, acompáñala con un beso de buenos días y tendré el desayuno perfecto.
Deja tus quehaceres lejos de los que tienes pendiente conmigo y dame algo que podamos hacer juntos.
Hablemos un momento, conversemos como los mejores amigos que somos.
Hazme un hueco en tu agenda y táchalo para que nada lo ocupe.
Mírame a los ojos y dime que me quieres. Escúchame a mí decírtelo.
Abrázame en la noche para que concilie el sueño y espante mis pesadillas. Busca mis pies en las sábanas frías y caliéntalos con los tuyos ( Aunque estén helados y tengas que hacer un esfuerzo para contener el escalofrío).
Acurrúcame en tu pecho cuando tenga un mal dormir y me despierte llorando. Acabo de soñar que no me conoces y pasas a mi lado sin mirarme.
Llévame a coger mimosas a aquel árbol que viste un día desde la carretera. Sabes que me alegra su perfume y que me hace feliz ver que piensas en mí aunque vengas cansado del trabajo.
Sigue haciéndome sonreír al oírte cantar en la ducha. Me gusta tu voz, sobre todo cuando me hablas bajito y muy cerca.
Apuesta, sigue apostando, por lo nuestro. Sé que los dos hemos ganado la apuesta aunque muchos no pusieran ni un euro, por nosotros, sobre el tapete. Siempre nos ha gustado ir contracorriente.
Cuando estés fuera, sin compartir el amanecer conmigo, mándame un mensaje de buenos días. Llámame cariño.
Cuando te vayas a dormir solo, llámame, dame las buenas noches, cuéntame cómo ha ido tu día. Mi jornada no terminará hasta que no te desee dulces sueños.
Y por último, hazme un favor: Sigue estando ahí hasta que yo me vaya. Quiero marchar antes que tú. No soportaría quedarme sin todos estos momentos.
Y ahora quiero darte las gracias.
Gracias por tu tiempo, por tu sonrisa, por tu beso de buenos días, por los desayunos perfectos, por las  cosas que hacemos juntos, por las conversaciones, por el hueco en tu agenda, por mirarme a los ojos, por quererme y por dejar que te quiera, por tus abrazos, por tu consuelo, por tus pies calentitos, por tu pecho acogedor, por mirarme cuando paso a tu lado, por cortar las mimosas para mí, por tenerme en tu pensamiento haciendo un hueco en las preocupaciones diarias, por hacerme sonreír, por tu voz en mi oído, por tu apuesta arriesgada, por ser rebelde y cabezota, por despertar junto a mí aunque estés lejos, por tus buenos días en la distancia, por tus llamadas, por hablarme de tu día, por desearme buenas noches aunque sepas que ninguno de los dos va a tenerlas si no las pasamos juntos.........
Y por supuesto, gracias, mil gracias, por existir.
Eres la recompensa que me debía la vida.



jueves, 11 de febrero de 2016

EN LA PUERTA DE AL LADO.



Disfrutó y paladeó su soledad a pequeños sorbos, escuchando el dulce tintinear de los hielos que llenaban el vaso que los contenía.
Un refresco de cola, los fríos cubitos y la rodaja de limón, unidos a aquel silencio que podía palparse, la hizo  bajar los brazos, extender las piernas y echar hacia atrás la cabeza para dejarla descansar en aquel mullido cojín que la esperaba.
¿Podría ser feliz?.... ¡Sin duda!.
Afuera, el calor fluía desde el suelo hasta su balcón como sibilina serpiente trepando al árbol. La calima se adueñaba de sus plantas, protegidas del sol directo bajo aquel toldo de rayas.
Ella se protegía dentro, bajo su techo en blanco, sumergida como nunca en su voz callada, en los ahogados sonidos, en la holganza de la siesta. Y ahí estaba, acurrucada entre cojines, acunada por pensamientos sin palabras.
El calor la adormecía, la relajaba, le daba la desgana que tanto necesitaba para desconectar. Hacía tanto tiempo que necesitaba abandonarse al tedio de las horas desocupadas......
En el bloque donde vivía no se escuchaba a nadie, todos dormitaban tras las cerradas puertas. Incluso el ruidoso bebé del segundo parecía haber dado un descanso a sus padres y había parado de llorar. El perro de la viuda de al lado estaría echado al lado de su dueña. Ojalá esté descansando, se dijo. La noche pasada la había oído llorar desde su habitación.
Los hielos chocaban entre sí. Las burbujas del refresco ascendían y explotaban al llegar a la superficie. Una chicharra cantaba en algún lugar de los jardines, frente a su edificio, mientras ella, en su cómodo retiro, con el aire acondicionado a la temperatura adecuada, disfrutaba de aquel silencio roto solo por su canto.
Las horas pasaban, el hielo se derretía a pesar del ambiente fresco que reinaba en la estancia.
La chicharra enmudeció, el hielo se hizo agua y sus ojos se cerraron al fin.
La modorra dio paso a los sueños y en el salón sólo se escuchó el tic-tac de aquel reloj que presidía la pared del fondo.
Eso era para ella encontrar la felicidad.
Un golpe seco la hizo despertar de su siesta. Sobre su mesita no estaba el vaso vacío. En su lugar había una taza con restos de haber contenido chocolate. Miró por la ventana y no vio el toldo de rayas, ni sus floridas plantas, ni los árboles del jardín de enfrente llenos de follaje. En su lugar vio un paisaje marrón, desnudo, de ramas sin hojas mecidas por el viento. Sus plantas estaban heladas, resistiendo a duras penas el frío. Era invierno. Había tenido un sueño perfecto.
Recordó que había sido un golpe lo que la había despertado.
Salió al rellano. Nada. Era fin de semana y prácticamente todos habrían salido de la ciudad.
Recordó entonces que esa misma mañana había oído a su vecina. Ella no había salido.
Se enfundó una gruesa chaqueta y cogió la llave de casa, no quería quedarse fuera. Tocó el timbre de la viuda y esperó a oir el familiar ladrido de su mascota. Pasaron un par de minutos y empezó a asustarse. El animal ladraba, lo que quería decir que estaban en casa los dos.
Iba a volver a su casa para llamar a emergencias cuando oyó el cerrojo de la puerta.
Una cara sonriente asomó tras ella. 
¡Hola! ¿Querías algo?- le preguntó-. Acabo de despertar, me he quedado traspuesta en el sofá, disculpa si te he hecho esperar.
No, no te preocupes.....- le respondió- Es solo que oí un golpe y me preocupé. Habrá sido fuera.
¿Quieres un chocolate calentito?-la invitó- Tengo de sobra, y Tristán no puede tomarlo.....
Ella sonrió ante la ocurrencia de su simpática vecina. El aludido las miraba desde abajo, sentado sobre sus patas traseras, con la cabeza ladeada.
¿Porqué no?- le contestó- La tarde invita a algo calentito.....
Cerró su puerta y entró con la vecina en su casa, escoltadas por el fiel perro, que las dejó de inmediato para echarse en su mullida y confortable cama al lado de la ventana.
Pasaron una agradable tarde de sábado. Terminaron viendo viejas fotografías y hablando de sus vidas.
Ya de noche, en su cama, cayó en la cuenta de que conocía a esa mujer desde hacía ya diez años y de que había sido la primera vez que cruzaban más de dos palabras seguidas.
No la escuchó llorar de madrugada. 
Desde ese día tomaron la costumbre de tomarse juntas, una vez por semana, una humeante taza de chocolate. Reían juntas, lloraban a veces, se daban compañía. Llegaron a convertirse en amigas.
Al llegar el verano cambiaron el chocolate por unas limonadas. Los hielos tintineaban, el perro dormitaba, el toldo protegía su balcón, pero no escuchaba la chicharra del sueño...... Estaba demasiado ocupada en la interesante conversación que mantenía con su amiga.
No echó de menos el silencio.