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ANDRÉS GERMÁN MÁXIMO. RETRATOS Y VIÑETAS.

































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PEDRO JUSTO.

Partió de madrugada, al abrigo de la noche, con algo de comida en un atillo y mucho miedo en el corazón. Atrás dejaba a su familia, su mujer, María, y sus hijos Carmen, Josefa, Juana, Isabel, Pedro y Antonio. Sus hijos, a los que quizás no volvería a ver, su esposa, a la que con total seguridad nunca más volvería a abrazar. Marchó a buen paso, intentando huir de un delator, de un seguro paseíllo al cementerio, de un chivatazo de un mal nacido que le había arruinado la vida. El nunca fue activista, su voz nunca se alzó contra nadie, su espalda nunca se irguió sino para descansar del duro trabajo. Aun así, alguien le odiaba. Aun así, algún mal hombre decidió que no merecía vivir y lo señaló como rojo. Ahora huía, intentaba escapar de la locura en la que se había convertido su pueblo. Muchos habían caído, a algunos los habían encarcelado, a otros fusilado, a muchas rapado y paseado por la plaza para escarmiento de las demás. A él le avisaron, e intentó alejarse todo lo posi...

RECUERDOS

Recuerdo el día que mi padre murió, pero en mi memoria solo guardo todo lo vivido con él. Aún está muy cerca la madrugada que nos abandonó mi madre, que fue en busca del amor de su vida, aquella  madrugada amarga, pero tambien prefiero recordar lo bueno que nos dió cuando vivía. Es curioso darse cuenta de que cuanto más pasa el tiempo, más los echo de menos. El se fue sin decir nada, en plena calle su cuerpo cayó muerto, fulminado por el infarto. Ella, silenciosa, se fue apagando poco a poco, con el dulce dormir de la morfina, y su despedida solo fue una lágrima, esa lágrima que resbaló por su cara cuando le apreté la mano. Los necesito a mi lado, necesito que sean mis padres otra vez, necesito sus riñas, sus consejos, sus presencias, esas que te tranquilizaban, que te hacían sentir segura y arropada, como cuando era niña y se ponían al lado de mi cama si estaba enferma. Soy madre, pero aún me siento sola a veces, y no tengo a mis padres cerca para que me protejan de mi...

AQUELLAS TARDES, ESTOS DÍAS.

Pasaba junto a aquella casa con la emoción contenida. Hacía ya muchos años que no era suya. Aún podía cerrar los ojos y recordarla tal y como fue entonces, antes de tirarla y rehacerla por completo desde sus cimientos. Su casa. La casa de su familia. La casa chica de la calleja. Los recuerdos se amontonaban en su mente mientras pasaba por esa acera, la misma que tantos juegos soportó, que tantos niños alojó, sentados, tumbados, haciendo el pino apoyados en las fachadas. El olor a comida que salía de alguna casa la transportó a los olores de su infancia, a los que salían de la cocina de carbón de su madre. Era época de patatas y su padre iba a coger unas pocas tras la cosecha, de rebusco, para sus hijos. Aquel saco que portaba en su bicicleta pronto se vaciaría, convertido por obra de la madre en unas deliciosas patatas a gallo o encascabeladas. Los peroles, colocados en esas hornillas, rojas por el fuego avivado con fuerza de muñeca y un soplillo, bullían contentos c...