domingo, 10 de noviembre de 2013

EL PENÚLTIMO AÑO DE LA "VICTORIA".


- Buenos días, niños.
- ¡Buenos días, don Nemesio!.
Estaban en cuarto curso de la E.G.B., corría el año 1974. Aún presidía la entrada del centro un gran escudo de cemento de aquella "España, Grande y Libre".
Ella nunca tuvo que cantar el "Cara al sol" dirigiendo su mano alzada hacia aquel emblema de la dictadura, aunque sí presenció el cántico en algunas ocasiones, deteniendo sus pasos durante un instante antes de reanudar su camino.....¡Qué tontería, cantar mirando a una pared!.
Entraban en clase y lo primero era rezar; Un Padrenuestro seguido de un Ave María era recitado a coro por los más de treinta niños que había en el aula.
Con ella estaban los mismos compañeros que desde primero compartían pupitres: Juana Mª, José Antonio, Bárbara, Mari Toni, Paqui, Juan José, Blas.......
A don Nemesio le gustaba cómo dibujaba la niña, y cualquier oportunidad era aprovechada para sacarla a la pizarra y que, con tiza en mano, pintase algo relacionado con el tema tratado en clase. Aún hoy recuerda aquel gran puente romano con el soldado en el lateral, ocupando con trazos blancos  todo el negro encerado, y que tuvo que empezar subida en una mesa porque su estatura no le permitía llegar tan alto.  El  Imperio Romano, qué emocionante.
A ella le gustaba la Historia, o le encantaba que se la contasen, que a la postre era lo mismo.
El curso transcurría entre narraciones, problemas de matemáticas y lecturas en clases de lengua. ¡Cuántos buenos recuerdos amontonados iban formando parte de su propia vida!.
Ella no sabía que esa vida iba a dar un giro, justamente, al cabo de un año.
La inspectora, doña Julia, seguía haciendo sus visitas rutinarias a clase, revolviendo a profesores y alumnos, todos ellos con miedo y servil respeto por aquella señora de pelo teñido, gafas y aspecto de duro sargento.
Las inspecciones se vivían con nerviosismo. Los maestros, avisados de su inminente llegada, apremiaban a los niños para que estudiasen, para que repasasen y memorizaran hasta la última coma de los temas. Nunca se sabía por dónde podrían ir las preguntas y si sería ella quien elegiría a los niños o serían los profesores los encargados de elegir a sus "víctimas".

La niña no tenía problema en que le preguntasen. Lo único que la paralizaba de la situación era que su timidez la dejase muda. Esa señora infundía auténtico terror en ella.
Doña Julia no solo preguntaba, también escrutaba, miraba, examinaba, todo ello con aquella boca rígida, sin fuerza en las comisuras para ensayar siquiera una sonrisa. Si no fuese inspectora de educación- pensaba la cría- haría un buen trabajo como carcelera. Presas, eso es lo que parecían las niñas del colegio gracias a los diseños de uniformes de esa señora, y con el último se había superado: Babi de cuadritos en azules, rojos y blancos, sin mangas y con cuello en pico....¡Sublime!.Parecían presidiarias en vez de alumnas de una escuela. ¿Porqué no podían llevar unos uniformes como los del colegio Santo Tomás (que era de "pago") con su falda plisada, la camisa blanca y una chaqueta a juego con los calcetines?....Esa mujer, definitivamente, odiaba a las niñas, y nadie la haría cambiar de opinión.
La visita llegó, preguntó y se marchó, dejando un regusto a trabajo bien hecho .La tranquilidad, cuando la vieron salir por aquella reja de hierro, volvió otra vez a la escuela .
Don Nemesio sonríe, sus alumnos han pasado la prueba con nota. Estaba muy orgulloso de ellos.
- Ahora, niños, voy a contaros una historia....
-¡Maestro! ¿Puedo ir a cagar?....
- Señorito, no se dice cagar, se dice defecar... Puedes ir, venga, pero no tardes mucho.
....Y todos los niños estallaron en carcajadas. La tensión había soltado muchas risas nerviosas y algún que otro vientre.
-¡ Orden orden, que aún no ha acabado la clase!.
A partir de entonces todo pareció transcurrir muy deprisa.
Al año siguiente murió por fin el dictador que los mayores llamaban generalisimo, ese hombre del que nadie osaba hablar mal y al que todos ahora resultaba que deseaban muerto. La niña de la casa chica no entendía nada.
Sus padres contaron, por fin, las cosas horribles que había hecho aquel señor. Sus padres, por fin, empezaron a tener fe en el futuro de sus hijos, aunque no las tuvieran todas consigo. ¿Qué podrían esperar de aquel muchacho recién nombrado rey, o de los antiguos amigos del régimen, se resignarían a vivir en la sombra?.
Doña Julia ya no volvió a aparecer por las clases. El escudo del franquismo fue descolgado de la pared, casi entero, con tino, no fuese que apareciesen de nuevo los fantasmas del pasado y les castigase por maltrato a una enseña tan "ilustre".
Ella dejó de usar uniformes, se acabó ir a clase como si cumpliese condena.
Ese año, 1975, dio comienzo  una nueva vida, tanto en la escuela como en el país, y la niña pasó la transición casi sin darse cuenta, como todo lo que ocurre en la niñez, si bien los cambios le estaban gustando.
Si eso era la libertad- pensaba- ¿Cómo es que no la habían inventado antes?....
Bendita inocencia.

viernes, 1 de noviembre de 2013

AQUELLA NOCHE DE FEBRERO.

Lloraron al mundo, a la noche, a esa oscuridad cerrada cubierta de lluvia. Lloraron. Recuerdos volvían a sus memorias con cada relámpago en el negro cielo. Rieron, sí, rieron también, añorando aquellos tiempos de travesuras, comentando diablurías, como ella les llamaba. Callaron, también callaron, cuando el trueno retumbaba en aquella triste estancia. Mala noche aquella. 
Estaban todos, otra vez todos juntos, como antaño, como en aquellas comidas de domingo, como en aquellas Nochebuenas, juntos, aunque sin aquella alegría de entonces.
Llovía, diluviaba casi, y los relámpagos auguraban truenos. 
Allí dentro, en aquella sala grande, fría, impersonal, ajena, todos estaban unidos por el dolor, aquel dolor que les oprimía el pecho, aquel dolor solo soportable con los buenos recuerdos.
-Un día, ¿recuerdas, Diego?, nos mandó mama a por un pollo vivo para comer, no sé si era por Navidad....Fuimos a por él y nos lo trajimos andando, atado con una cuerda, hasta que en la plaza, sin saber cómo, el pollo escapó. ¿Recuerdas cómo corríamos alrededor de la plaza detrás del dichoso pollo?...jajaja. Si nos hubiese visto ella.....
-¿Te acuerdas tú de cuando se bañó Pedro en el canal Chinchilla, que se tiró de cabeza al sifón porque le dijeron que no era capaz?...jajajaja. Si no tiran de él por los pies se hubiese ahogado boca abajo....
-Sí, y lo peor (dijo Pedro) fue cuando tú, Diego, para que mama no te diese con la zapatilla por llegar tarde, le dijiste que si dejaba de pegarte le decías lo que yo había hecho....¡Y le contaste que había metido los calzoncillos mojados debajo del colchón!...
-Jajajajaja. Es verdad, y recuerdo cómo fue a buscarlos y con ellos en la otra mano se puso a darte zapatillazos....¡Porque podría haberte pasado algo!....
-Una vez se enfadó con nosotros y nos quitó todos los bolindres, que los teníamos en una talega que ella nos había hecho, y con el martillo de papa los dejó hechos polvo de cristal.
-Y a mí me quemó mis cuentos junto con los tebeos del Capitán Trueno. Hizo una enorme pila con todo y lo quemó allí mismo, delante de mí, en el patio, mientras yo lloraba por aquellas historias que ardían. No sé qué  hicisteis aquella vez, pero tuvo que ser gordo, porque a ella le gustaba que leyésemos.... 
Era muy dura con nosotros, pero también, y al mismo tiempo, buena y protectora como pocas. 
Otro silencio, otras lágrimas que no podíamos reprimir, otro trueno que nos volvió al presente, a aquella noche fría y  desapacible de tormenta. Con el miedo que a ella le daban ...
-¡Ay Virgencita de Barbaño! - decía con cada relámpago que se colaba por las rendijas de la persiana y la puerta de cristal del patio.- Este va a ser gordo....
Allí agazapada, sentada tras la puerta del comedor, en un rincón, escondida, asustada, como una niña chica, dejaba atrás toda su aparente dureza para mostrarse tal como era.
- A mí me acostaba con ella cuando había tormenta - dijo entonces Juan, el mayor- Así a mí también me metió el miedo en el cuerpo, y aún hoy no me hacen ni pizca de gracia...
-Otras veces se iba a casa de la "siña" María para pasarla con ella....
Aún no podíamos asumir la verdad. Aún nos costaba hablar de ella en pasado. Todavía, aquella noche, creíamos percibirla tras la puerta, en aquel rincón, rezando a su Virgen, unas veces llamándola de Barbaño y otras del Carmen, con una mano tapándose los ojos y temblándole el cuerpo con cada trueno.
-Mala noche estás teniendo, Juana, la misma noche que hace seis años despidió a papa.
-Es como si el destino se hubiese puesto de acuerdo.
-Ese es papa, que la está llamando, y sabe que , como le da tanto miedo la tormenta, irá a buscarlo para que la proteja.
Mala noche, dura madrugada, llantos, risas, recuerdos y lágrimas, muchas lágrimas por aquella madre que nos dejaba, por aquel padre que se fue antes, por el reencuentro de los dos allí donde fuese, por nuestros padres, aquella pareja tan dispar y sin embargo tan parecida, por aquellas dos personas que nos dieron la vida y que ahora nos unían otra vez en su muerte.
Hoy, día de Todos los Santos, he encendido una vela y he iluminado vuestras fotos, para que no os perdáis, para que nunca estéis a oscuras, para que a ti, mama, no te dé miedo la tormenta, para que a ti, papa, no se te olvide donde estamos, pero sobre todo, padres, para que sepáis que dentro de mí sigue ardiendo vuestra llama, esa llama que encendisteis el mismo día que nací y que se llama amor.

martes, 22 de octubre de 2013

UN AÑO.

Una, dos, tres, cuatro....... Sentada en aquel banco de piedra, con la chaqueta sobre los hombros, miraba caer las hojas junto a ella.
El parque estaba desierto si no mirabas más allá de aquellos setos, algo que a ella no importaba.
Con sus gafas de lejos apenas podía, ni quería, ver más allá. Para mirar dentro de sí no necesitaba cristales.
Hacía un año. Trescientos sesenta y cinco días con sus noches, sus horas, sus minutos y sus segundos. Un año. Observado desde fuera no era nada, un suspiro que arrancaba hojas al calendario, hojas que iban cayendo como esas otras que ahora observaba.
Se fue rápido. No hubo despedidas. Un suspiro a medianoche, al acostarse, un suspiro que ella no supo interpretar y que achacó al cansancio de la vejez, fue lo último que salió de sus labios. Y se apagó.
Un año, todo un largo y triste año.
- ¿Porqué me has hecho esto?....
- Me tocó el turno, mi vida.
- No digas tonterías, te deberías haber resistido.
- No se puede pelear con la muerte, mi niña, Ella siempre vence.
- Conmigo también te rendías pronto. Te odiaba por tu poca resistencia. Me crispabas con tu sonrisa   condescendiente, tus movimientos afirmativos de cabeza, tu beso para callarme las rabietas....
- Sé que en el fondo te gustaba, no te hagas la dura.
- ¿Dura?. Perdida es lo que estoy sin ti. Siempre hacías lo que te pedía, ¿porqué?....
- Porque te quiero.
- Y yo también, cariño, pero necesitaba enfrente a un rival más poderoso, alguien que supiera decirme NO de vez en cuando. Me sentía a veces un poco loca, ya sabes, por lo de darles siempre la razón.....
- Tú siempre has estado un poco loca.
- Ja ja ja ja. No me hagas reír. No quiero reír. Estoy enfadada contigo, muy enfadada.
- Ya sé yo cómo son tus enfados, nunca duraron más de diez minutos.
- ¿Porqué no peleaste, mi amor?. ¿Porqué me has dejado con esta soledad que me desgarra el alma?. ¿Por qué no dejas que te acompañe?....
- La muerte es impredecible, niña. ¿Cómo voy a pretender yo hacerte daño?.¿Cómo no voy a desear tenerte aquí, conmigo?.....Pero no, mi vida, no debes siquiera pensarlo, no lo desees tampoco. Todo ocurre por alguna razón. Deja que te espere. Deja que te vaya construyendo un nuevo hogar aquí donde me encuentro. Ve tú entretanto preparándote. Ve tú, mientras, hablando a los nietos sobre mí. Sigue, mi vida, mi ejemplo, y no regañes nunca a los niños. Haz lo que solíamos hacer aunque yo ya no esté. Cuando hayas terminado la tarea, cuando hayas llenado de buenos recuerdos el corazón de los nuestros, dame un toque, que yo vendré a buscarte. Ese día, mi niña, quiero encontrarte linda.
No te pondrás gafas que oculten la luz de esos ojazos que me vuelven loco. Abandonarás ese bastón, no lo vas a necesitar allá donde voy a llevarte, y sobre todo, antes que lo olvide, pinta esa sonrisa de muchacha que aún conservas, sabes que me gustaba cuando la acentuabas con rojo. Píntate los labios, retócate el pelo, quítate las gafas y piensa en mí. Antes de que puedas mirar el reloj habré llegado a recogerte.
- Eres tonto, mi niño, me has hecho llorar.
Se quitó las gafas, enjugó sus lágrimas y volvió a colocárselas, pero, al mirar a su lado, el banco estaba vacío.
- Un año, todo un año, trescientos sesenta y cinco días, y aún converso contigo...
Las hojas continuaban cayendo. El parque desprendía olor a mojado. Las flores habían abandonado sus coloridos pétalos y el verde se mezclaba con el amarillo.
Ella se había levantado. Un pequeño crujido de sus rodillas la devolvió a la realidad. Estaba mayor, pero sin embargo qué joven se sentía después de una conversación con él; una conversación que muchos habrían tachado de chifladura y que a ella, sin embargo, le parecía de lo más normal.
- ¡Ay, mi niño, no tardes mucho en avisarme, estos huesos no podrán esperar largo tiempo, y yo tampoco! ¡Ahhhhh!.
Y se dirigió a la salida con su bastón, su chaquetilla sobre los hombros y esas gafas que a él no le gustaban, esas gafas que ocultaban la luz de esa mirada llena de amor y de recuerdos, esa mirada que a él le enamoró nada más mirarse en ella.
Y pudo oírlo.
Al pisar las hojas secas crujieron las que él iba pisando.
- ¿Me sigues?....
Y ambos sonrieron.

martes, 8 de octubre de 2013

UNA TARDE EN LA "CALLEJA".

¿Pan con chocolate, o con aceite y azúcar?.....
La niña de la casa chica había terminado sus deberes de la escuela. Tocaba jugar en la calle. No había alquitrán. En su lugar, el terreno era de "barro colorao", algo que los niños agradecerían si jugaban a la "pinchota".
A ella también le gustaba apuntar con el hierro afilado y clavar en aquel suelo blandito, casi rojo, formado a consecuencia de la lluvia de días anteriores y de aquella tierra tan buena para la diversión.
    Si ahora viésemos a nuestros hijos con aquel hierro grueso, pesado, con la punta perfectamente  afilada para que clavase bien, nos echaríamos las manos a la cabeza, Los tiempos han cambiado, los niños de mi generación jugábamos con piedras, palos, latas viejas, hierros afilados, "tiradores" (tirachinas), y no ocurrían grandes desgracias. Si alguien se hacía un "bollo" (chichón), pues nada, moneda al canto y una cinta o pañuelo estilo Rambo para sujetarla..... Que nos hacíamos un corte, pues la mercromina, que además nos daba aspecto de guerreros indios en batalla,y tan frescos. Urgencias no estaba llena de niños que no echaban mocos y enfermaban como ahora. Antes, las "velas" nos las sorbíamos, utilizábamos un pañuelo de tela o, los más impacientes, utilizaban las mangas de sus jerséis.
La niña ha salido a la calle. Hoy, de mere, pan con aceite y azúcar. Cómo brillaba el dulce cristal sobre el verde, y bajo estos dos colores, el blanco del pan de leña.
Mañana querría ir con su madre a la tahona. Aquel lugar, donde la harina estaba continuamente suspendida en el aire, le resultaba muy agradable. Pardo, el panadero, con aquel impoluto mandil blanco y ese gorrito tan gracioso, introducía las enormes bandejas de lata en aquel horno, tirando hacia sí de la pala para dejarlas dentro, sin que se moviesen ni un centímetro del sitio correcto.
El horno se cerraba, y ahora empezaba lo bueno. Aquel olor a pan cociéndose, los dulces del otro horno que las mujeres esperaban para llevar, la harina fuera de los sacos blanqueando el suelo, el azúcar tostándose sobre las perrunillas, los anises desprendiendo su aroma en el vientre de los bollos de chicharrón, la ralladura de limón de aquellos bizcochos para cortar......
Definitivamente, mañana iría con su madre, y le pediría la teta del pan antes de que sus hermanos lo mutilasen.
Ahora, a jugar, ya están todos fuera. Sus hermanos Pedro, Diego, Andrés y hasta José, que es más pequeño, echan a suerte quién empieza con el pincho. Mariano y Manolo, Bartó, Pedro y Angel, Pedro Luís, José, Esteban y Juan Alfonso, y sus amigas Raquel, Dolores e Isabel, que no quieren jugar con los muchachos..... Peor para ellas..... Ella sí jugará, los juegos de las niñas son tan aburridos.....
Mientras tanto, todos han salido corriendo, ya no quieren lanzar la pinchota. Su siguiente objetivo; El pozo del Valle. Nos vamos todos.
Esta noche, piensa la niña, alguien dormirá calentito. El pilón del pozo es demasiado tentador..... y peligroso, andar por el limoso borde y pretender salir ileso es algo arriesgado y de una insensatez rayando en locura. Primera víctima : Andrés, el hermano de la niña. No podía ser otro. ¿Pero cómo no se iba a enfadar su madre con él día sí y día también?. Bueno, esperemos a ver la reacción de mama. Seguro que saca a pasear su zapatilla. ¡Qué buen uso le da la buena mujer!
- Mama, mama, mira cómo me he puesto....
- (Risas de los hermanos)
-¡Ah, sí, pues ven aquí, que te voy a quitar un poquino el frío!....
Y el travieso hermano de la niña reía, esquivando con un endiablado juego de cintura a aquella zapatilla que parecía unida a la mano de su madre.
-Venga, quítate esa ropa, que estás pingando.
.....Y se acabó el castigo por hoy.
Todos se han calmado en la casa chica.
La cena está puesta en la mesa: Pollo frito con patatas y el pan que sobró al mediodía. Ya no tiene tetas, las dos han sido cercenadas por hábiles y pequeñas manos. ¡Qué bueno está ese miajón, qué crujiente sin quemarse está la corteza!.
Mañana, si su madre quiere, la niña irá a la tahona a impregnarse del rico aroma que desprende todo el lugar.
La niña de la casa chica se ha dormido en su sofá-cama. Soñará con nubes blancas con olor a pan, y, saltando sobre ellas, un niño de ojos verdes totalmente empapado.

jueves, 3 de octubre de 2013

PRIMERAS GOTAS DE OTOÑO.

Sentada en el sofá, con el café largo entre las manos, la televisión puesta en no importa qué cadena, miraba por la ventana la lluvia que acababa de llegar. Era otoño, estación recién estrenada a la que ella no tenía en buena estima. Ya se notaban los días un poco más cortos, un poquito más frescos -aunque no mucho, en Extremadura el verano se resiste a marchar- y el corazón se volvía nostálgico como el clima, cansino como las hojas amarillas que empezaban a caer.....
Era tiempo de añoranzas, o no era el tiempo, sino la lluviosa tarde, que acompañaba al recuerdo de otros días pasados. Allí estaba, al fin y al cabo, abstraída de otra cosa que no fuese el lento descenso de las gotas de agua por los cristales.
Había llovido mucho, muchos otoños habían pasado por su mirada, como también veranos con sus calimas, primaveras con sus olores e inviernos con sus aterradores fríos. La niña de la casa chica había vivido ya muchas estaciones, muchos años y aún no podía abandonar a aquella pequeña que la miraba desde el fondo de su corazón. Aquella cría con trenzas no quería dejarla, se obstinaba en estar allí, en aquel rinconcito de su mente, asomándose de vez en cuando a su "nuevo mundo" de adulta, intentando averiguar cuánto de ella aún perduraba en esa otra persona de cuarenta y ocho años en la que se había convertido. Salía, por aquel túnel de los recuerdos, despacito, como siempre había andado por la vida, casi de puntillas, para no enfadarla como en su día hizo con sus adultos, y una vez fuera, asomando aquel flequillo y esos curiosos ojos verdes, sonreía....Se descubría aún en su otra "envoltura", se sabía reencarnada, pero presente, y eso le gustaba.
Entonces era su momento. Con su vocecita de niña, susurraba en aquel túnel los momentos vividos, la felicidad de una numerosa familia, el trabajo incansable de aquella madre ya desaparecida, las noches de juegos con aquel padre con los huesos molidos por el trabajo y la sonrisa intacta, las risas de aquellos hermanos, las conversaciones mantenidas con aquellos buenos vecinos, el cariño de aquellos profesores que tuvo, las primeras amigas, el primer amor platónico, la primera decepción, el primer beso con aquel noviete.......Esos susurros que nadie oiría más que ella, su otra yo, las mantenía unidas. Aquel vínculo, que nadie podría romper, las unía más que nunca en días como hoy.
Y es que el otoño invita al recuerdo. Por eso no le gustaba.
Todo recuerdo te oprime el corazón, te lo rompe un poquito,  añorando su sabor si es bueno, sabiendo que ahora no puedes degustarlo , y  amargándote , revolviéndote la bilis y dañándote el alma si es un mal recuerdo el que te invade......
El café se ha enfriado.
La niña de la casa chica se ha levantado, acercando su cara al cristal. Fuera ha dejado de llover, ha sido solo una "mareíta", como decía su padre, un poco de agua para que la tierra tome un aperitivo.
Abre la ventana. Huele a mojado. Sale al balcón y respira hondo.
Su otro yo, la pequeñaja con trenzas, se ha ido a su rinconcito, tendría ya sueño.
Ella sonríe, le cae bien esa niña.
Vuelve adentro, cerrando tras de sí las ventanas. Es hora casi de la cena, y una niña pelirroja corre hacia ella rodeándola con sus brazos.
-¿Qué hay de cena, mami?.......
Y la niña de la casa chica abraza a su hija, esa otra pequeñaja que tiene y tendrá siempre otro rincón en su corazón.
Quizás no le disguste tanto el otoño.......

miércoles, 6 de marzo de 2013

PEDRO JUSTO.

Partió de madrugada, al abrigo de la noche, con algo de comida en un atillo y mucho miedo en el corazón. Atrás dejaba a su familia, su mujer, María, y sus hijos Carmen, Josefa, Juana, Isabel, Pedro y Antonio. Sus hijos, a los que quizás no volvería a ver, su esposa, a la que con total seguridad nunca más volvería a abrazar.
Marchó a buen paso, intentando huir de un delator, de un seguro paseíllo al cementerio, de un chivatazo de un mal nacido que le había arruinado la vida.
El nunca fue activista, su voz nunca se alzó contra nadie, su espalda nunca se irguió sino para descansar del duro trabajo. Aun así, alguien le odiaba. Aun así, algún mal hombre decidió que no merecía vivir y lo señaló como rojo.
Ahora huía, intentaba escapar de la locura en la que se había convertido su pueblo.
Muchos habían caído, a algunos los habían encarcelado, a otros fusilado, a muchas rapado y paseado por la plaza para escarmiento de las demás. A él le avisaron, e intentó alejarse todo lo posible para no comprometer a su familia, su única posesión en este mundo.
Huyó.
Caminó y caminó, mas no le sirvió de nada tanto esfuerzo, pues en Sevilla fue apresado. En una cárcel improvisada terminó su vida, una vida dedicada exclusivamente al trabajo, una existencia truncada por los vencedores, una vida segada como la mala hierba en un campo listo para la cosecha. Y esa cosecha se empapó de sangre, esos futos fueron regados con lágrimas y lamentos de madres, esposas e hijos, como las que derramarían los suyos al saber de su muerte.
María se encontró sola, viuda de un rojo, con seis hijos y ni un solo real para poder subsistir. Los cardillos, buscados al amanecer para luego venderlos, limpios  y lustrosos, la ropa para lavar de las Colonias, donde presos como su marido malvivían dedicando sus últimas fuerzas a la excavación del Canal de Montijo, obra que abastecería de agua muchas tierras de las Vegas Bajas......Estas labores fueron ayudando a la familia, y  con esos pocos dineros consiguieron mantenerse vivos, aunque sus hijos fuesen obligados a cambiar la escuela por el trabajo, pagado con el sustento diario de la comida y una cama, además de unas pocas perras.
Así fue la vida de mis abuelos, de mi madre, obligada con ocho años a cuidar de cuatro niños ricos que podían pasar por sus hermanos, con la salvedad de que ellos dormían en sus cómodas camas y a ella la dejaban en un cuartito del patio, cerca del pozo, muerta de miedo y agradecida al mismo tiempo por tener tres comidas al día que llevarse a la boca.
Mi abuelo sigue allí, en Sevilla, en alguna fosa, sin entierro, sin lápida, sin nadie que le lleve un ramo de flores. Aquí quedaron algunas fotos, muchos recuerdos, y un nombre, Pedro Máximo, hijo de Justo, o Pedro Justo, como ya le llamaban, adjudicándole el nombre del padre como su segundo nombre, una persona pequeña de estatura, trabajador y valiente, que no callaba cuando algo le repugnaba, pero que dejaba vivir, algo que a él le negaron unos asesinos. 

HOY NECESITO SOLTAR LASTRE

Hoy he llegado a estar enfadada con Dios, ese Dios que me ha acompañado cuando no veía luz al final del negro túnel. Creo que no es la primera vez que siento ésto, y El me comprende, porque se porta bien conmigo aunque yo a veces llegue a renegar de su Existencia.
Muchas veces, cuando vemos tantas injusticias, nos preguntamos si en verdad existe un Dios, pues es difícil tener fe en alguien que consiente tanto mal como habita en el mundo.
Mi caso es nimio, sin importancia, no tengo derecho a quejarme, lo sé, pero igual que a cada enfermo le duele más su dolor que a nadie, a mí me duelen mis cosas tanto como al más pintado.
Me han dicho esta tarde que si deseo mal a alguien, ese mal vendrá a mí multiplicado, y sólo he podido contestar como el del chiste: "Pues ya, como no me quede preñao...."...... Pues eso, que creo que trece años y otros quince más contando hacia atrás en el tiempo, me han reafirmado en mi postura: "Hay gente que no se merece vivir".
Me explico: Cuando un parásito vive a costa de los demás, chupándoles la sangre, el alma, la vida, alimentándose de su aliento y engordando con su desgracia, debería ser amputado como el peor tumor conocido.
Cuando ese tumor es además alguien que te ha hecho todo el daño imaginable mientras ha convivido contigo y aun mucho después de haberlo separado de ti, ha destrozado la mayor parte de la infancia de los que más quieres, a ti te ha hecho sentir el peor despojo del mundo y te ha aislado en su "cárcel" de relación idílica a ojos de los demás, ese parásito, en fin, no merece existir, y no me creo mala persona por sentirlo. Sé que es "políticamente incorrecto" lo que estoy diciendo, pero qué queréis, la edad es lo que tiene, ya me importa un comino lo que pueda decir nadie si se siente ofendido con mis palabras. Mi madre solía decir eso de "Más sabe el tonto en su casa que el listo en la ajena", y nunca me ha parecido más acertado el refrán que ahora, porque habrá gente que haya visto desde fuera mi vida junto a ese chupóptero, y pensará que estoy exagerando, no parecía malo el personaje en cuestión, más bien todo lo contrario, pobrecito, con ese aspecto de no haber roto nunca un plato, y yo, tan transparente, tan echada para alante, tan segura de mí misma.....¡Qué pena, Dios, no supe hacerlo bien!. Si hubiese sido tan lista, tan segura, tan echá p´alante, como decimos por aquí, la primera vez que soltó la mano o la primera vez que me dijo que yo era una mierda, debería haberle roto la boca, porque en el fondo es un cobarde, en el fondo era y es una caca de hombre, un tío que no sabe vestirse por donde se visten los hombres, una seta que vive a la sombra de un árbol grande y que engaña con su aspecto, escondiendo en su interior el más ponzoñoso de los venenos.
La justicia no existe, y de esto último estoy aún más segura que de la existencia de Dios. Y bueno, ya que me estoy sincerando, os voy a contar porqué lo pienso. Este parásito, que de aquí en adelante nombraré así para que no tenga que poner nombres, nunca, y digo bien, nunca, ha querido a nadie. Cuando lo cercené de mi cuerpo, cuando lo separé de un tajo de mi lado y de los que quiero más que a mí misma, se fue a vivir bajo otro árbol, a su sombra, fresquito y húmedo como hongo que es, y no quiso saber ya nada de su anterior vida. Desapareció, se esfumó, aunque su hedor ha seguido y sigue persiguiéndonos con el pasar de los años. Está ahí, ha seguido ahí, difundiendo calumnias, arruinándome el nombre, vertiendo mentiras en ambientes cercanos a mí, destrozando lo poco que él había dejado en pie. He tenido que pelear contra todos, labrarme de nuevo la vida, hacer oidos sordos a comentarios y levantar la cabeza bien alto, todo para salir a la calle sin sentir que me señalaban con el dedo. Pero sigue ahí, después de tantos años, respirando, hediendo, intentando hacer más daño, y las leyes no hacen nada para remediarlo. Porque no hay justicia, porque gente así no se merece vivir, y porque ya estoy harta de callarme, porque necesito decirle a todos que el peor error de mi vida sigue recordándome que fui tonta, que no fui tan fuerte como debía y que en su día debí pegarle un buen puñetazo en toda su bocaza de seta...... Quizás así me sentiría muchísimo mejor de lo que me siento.
Y a Dios, solo le pido una cosa, además de que me perdone, y es que me permita seguir durante muchos años al lado de la persona que me ayuda a olvidar aquella pesadilla, el hombre que creyó en mí y vio algo más que lo que decían las malas lenguas expoleadas por aquel parásito. Este hombre, mi marido, les dio una vida a mis hijos, les dio un padre al que admirar, y a mí, alguien a quien querer y respetar.
Aquel sujeto no sabrá nunca lo que es tener todo ésto.

miércoles, 23 de enero de 2013

LA PISTA DE LOS COCHES ELECTRICOS

"Canguro" con capucha en gris marengo, vaqueros lavados, melena larga y mocasines. La niña de la casa chica tenía ya doce años. Era una mujer, en el sentido biológico de la palabra, desde hacía más de un año, y en ese tiempo había cambiado su aspecto. Las trenzas, a las que tanto acabó odiando, habían sido desterradas por fin al cajón de la infancia perdida, donde también quedó su flequillo, aquel que desafiaba continuamente la ley de la gravedad empeñándose en alzarse, como fuente de agua, para caer después en cascada.....¡ Remolino traidor!.......
Era domingo, y fiesta. Los autos de choque, o coches eléctricos, como los llamamos por aquí, se habían instalado en el Atrio de la Parroquia de San Pedro Apóstol.
Los bancos de frío hierro que rodeaban la pista estaban llenos de ruidosa chiquillería, cuyas risas eran ahogadas por el continuo sonido de la sirena de la atracción y la música que salía de la cabina.
Raquel, Dolores, Isabel y ella se sentaron en uno de los bancos que acababa de quedar vacío.
Hacía frío esa noche, y la niña no sacaba las manos de su "marsupio" gris, los dedos helados como siempre que el invierno llegaba.
Un chico, mayor que ellas, con aspecto de autosuficiente y ligón de ferias, conducía, sentado en el respaldo del asiento, uno de los coches.
Giraba el volante con maestría, paseándose por la pista y esquivando con soltura a los que pretendían golpearle.
Dio varias pasadas frente a las cuatro amigas, luciéndose, gustándose, con aquella melenita bien cuidada y su ropa de niño pijo.
Cada vez que pasaba frente al banco, miraba hacia ellas, sin atreverse a decir nada pero dejando entrever que tenía ganas de hacerlo.
A la tercera vuelta, como los halcones cuando divisan la presa desde el aire, giró bruscamente el volante de su auto y quedó frente a la niña, con el consiguiente azoramiento de todas, un poco asustadas por esa inesperada reacción del muchacho.
- "¿Quieres montarte?"- Le preguntó a ella.
-"No, gracias, no tengo ganas"- Contestó con una seguridad  impropia para su edad.
-"¡Eh!....¿Sabéis quién es?...." - Vino diciendo otra niña que estaba sentada cerca al ver alejarse un tanto frustrado al muchacho....
-".....Es el hijo de Pinito del Oro, la artista del circo, la trapecista......Es de Madrid, está en el pueblo de vacaciones con la familia de aquí, y es ¡EL DUEÑO de los coches eléctricos!........
¿Qué te ha dicho, que si te montabas con él?...."
- "Sí "-respondió la niña grande de la casa chica
-"¿Y cómo le has dicho que no a El, con lo guapo que es?...."
La niña se encogió de hombros, satisfecha de haber rechazado a tan "ilustre" visitante, y sobre todo, halagada, muy halagada, por sentir por primera vez que le gustaba a los chicos.
Algo más que unas trenzas habían desaparecido del aspecto de la niña, y una pequeña mujer pugnaba por salir, enfundada en una sudadera gris, unos vaqueros lavados y una sonrisa de satisfacción personal.
Esa tarde-noche, cuando llegó a su casita, se guardó muy mucho de contarle a su madre lo ocurrido en la pista de coches, no quería que pensase que ella había provocado algo....Al fin y al cabo, era un incidente sin importancia y ella no había hecho nada malo, así que, mejor callarse y saborear el regustillo a autoestima que estaba endulzando su recién estrenada pubertad.
Nunca llegó a saber si aquel chico era quien todos decían que era, pero no le importó en absoluto. Se habían fijado en ella. Dejaba de ser invisible al fin.
Esa noche durmió con el sonido de la música y el estruendo de la sirena de aquella pista de coches eléctricos, la pista que la hizo verse como una jovencita, la mujercita de la casa chica.
Y soñó en colores.




miércoles, 16 de enero de 2013

LA SOLEDAD DE LA LUNA

Mirando al horizonte las imágenes se difuminaban. El aire, impregnado de sal, refrescaba su cara. A lo lejos se veía una vela, recortada sobre el agua, avanzando hacia la playa.
La arena bajo su cuerpo era suave y fría, el agua empezaba a llegar a sus pies con la marea de la tarde.
Era hora de regresar a casa, era el momento de abandonar los recuerdos en aquella cala.
Hubiese dado la vida por retener instantes, por obligar al sol a amanecer de nuevo, por pedir a la luna que sólo los iluminase a ellos.....Pero el mundo se empeñaba en seguir girando, y aquellos momentos se iban perdiendo más y más con los ocasos.
Muchos soles se habían puesto desde aquella tarde, muchas lágrimas había derramado sobre el azul salado del agua, muchas miradas al horizonte intentando vislumbrar su rostro......Y el tiempo se paró aquella tarde para ella.
Ahora, en aquella orilla ahora solitaria, con aquella espuma que quería alcanzar sus pies, con el horizonte sin velas y el sol apagándose, decidió que allí acababa todo. Era el momento de empezar de nuevo.
Regresaría a casa, sola de nuevo, con su bolsa y su sombrero en la mano, abriría de par en par las ventanas para recibir brisa nueva, amontonaría recuerdos en unas cajas, guardaría fotos en el olvido y abriría una botella de vino. Le gustaba sentarse en la terraza y tomarse una copa,  los pies en alto y la cabeza reclinada, mirar al frente y cerrar los ojos.... Sólo que ahora no los cerraría, no, no quería verlo allí dentro, en su cabeza, así que los mantendría abiertos, muy abiertos, aunque las lágrimas le escocieran tanto al salir de ellos................
No quería recordar, pero lo hizo, a modo de despedida, y se quedó con lo bueno, con los abrazos de madrugada, con los besos a cualquier hora, con las bromas que se gastaban, con las risas que compartían, con aquellos baños eternos en la intimidad de su casa, con los juegos que acababan en disputas reconciliables, con los viajes a lugares recónditos de paisajes increíbles, con las películas compartidas en el confort del sofá, con los "buenos días mi niña" y  los " hasta mañana, amor".....
Y en ese momento sonrió, por primera vez en muchos meses.
Terminó su copa de vino, entró en la casa y se fue al baño. Abrió el grifo del agua, regulando la temperatura de forma que quedase más bien fría, añadió sales de baño marinas y se sumergió en ellas, cerrando los ojos otra vez, sólo que ahora ya no le dolía, y a punto estuvo de tragar el agua cuando intentó sonreír bajo ella. Sacó la cabeza rápido y tosió, riendo, primero tímidamente, escupiendo al mismo tiempo la espuma del baño, pero después soltó una sonora carcajada, y rió, rió a pulmón limpio, abriéndolos, relajando todos los músculos de su cara y su cuerpo, y se hundió de nuevo en las profundidades del mar fabricado en casa.
Esa noche apareció la luna, como siempre, brillante, hermosa, sola como ella, y se dieron compañía. Mañana volvería a amanecer.

 

lunes, 14 de enero de 2013

TARDE DE LLUVIA EN LA CASA CHICA

Llovía a cántaros esa tarde de invierno. Tras la pequeña ventana, la niña de la casa chica miraba los charcos que se habían formado en la calle. Mañana, si no llueve- pensó- podremos salir a jugar con las "pinchotas", el barro colorao es muy bueno para que se clave el hierro.
Adentro de la casa, en aquella cocina que olía a carbón, su madre pelaba patatas a gallo para freírlas después en el perol. Sería la cena para todos, con unos huevos fritos de los que a ellos le gustaban, perfectos, sin puntillas, con la clara firme y la yema blandita para mojar el pan.
Su padre se había venido del trabajo, poco se podía hacer en los tejados cuando el agua caía con tantas ganas. El era albañil, como casi todos los hombres que la niña conocía.
Sus hermanos no estaban, seguramente jugaban con los amigos en sus casas, o quizás no, ya lo averiguarían cuando llegase el momento en que las tripas rugiesen y volvieran para cenar. Si traían el flequillo mojado y las ropas empapadas, se iban a tragar una buena, pensó la niña, que aún miraba tras los cristales.
Su madre tenía la radio puesta. A ella no le molestaba el ruido de ese aparato mientras hacía sus deberes, al contrario, era como un soniquete que no entorpecía para nada sus tareas.
En esos momentos hablaba una señora, una tal Elena Francis, que a todos los que le escribían, la mayoría mujeres, trataba como sus "queridas amigas".......Y la niña pensaba en cómo se puede querer a alguien que ni tan siquiera se conoce.....
Hacía mucho tiempo ya que su pan con chocolate había bajado a su estómago, y sólo con pensar en las patatitas que prepararía su madre la boca se le hacía agua.
Mañana tendría clase, debía terminar de hacer lo que le había mandado don Nemesio; este viejo maestro quería mucho a la niña. Ella lo "adoptó" como su abuelo, porque era lo que parecía, un viejino de los que vas a visitar, les das dos besos y te sientas en su regazo. Don Nemesio era un gran maestro, pero ante todo, era una gran persona. Este hombre, al que el párkinson obligaba a mover la cabeza en un continuo vaivén, querido por todos (aunque los más díscolos se burlasen de su enfermedad) era amigo a su vez del verdadero abuelo de la niña, su abuelo Juan, el padre de su padre, el único al que llegó a conocer. Años después, su madre, le hablaría de Pedro el de Justo, su abuelo materno, que moriría nada más empezar la guerra en una cárcel de Sevilla.
La niña dejó de mirar por la ventana y volvió la vista a su libreta de cuadritos, ya era hora de dejar de divagar, tenía que terminar su trabajo antes de que se oliese el aceite caliente, o su madre vendría y la obligaría a recoger todo para poner la mesa.
Ya estaba hecho. Tareas terminadas, libros recogidos, cartera cerrada y mesa despejada, su madre podría ya venir a poner el hule que no encontraría nada de la escuela por el medio.
La puerta se ha abierto de golpe. Sus hermanos vienen a la carrera, entre risas y empujones, y como la niña se temía, mojados........ Fueron en tropel a secarse un poco antes de ser inspeccionados por su madre, después de lo cual se sentaron al brasero, echándose las enaguas por encima para secar un poco su húmeda ropa.
La madre llegó con el hule enrollado en el palo, para que no se doblara y rompiera y así durase más tiempo, y lo desplegó sobre la mesa camilla.
-Mari, ayúdame a poner la mesa........
Y así, entre risas y codazos, olor a ropa mojada calentándose, patatas friéndose en el perol, huevos haciéndose a fuego lento bien cuajaditos, su padre sentado a la mesa con el vasito de vino y "el parte" que empezaba a sonar en la radio, fue pasando aquella lluviosa tarde en la casa chica, donde la niña crecía casi sin darse cuenta, donde las horas se vivían intensamente, donde no faltaba algo a la mesa cada día, donde, en suma, la lluvia no llegaba y se quedaba tras los cristales, empapando la tierra para hacer el barro colorao.
-Mañana jugaré con mis hermanos a la pinchota.......-