martes, 28 de noviembre de 2017

CAPERUCITA CONTRA LOS LOBOS

Tenía sólo doce años cuando sintió miedo de verdad. Solamente doce años y llegó a sentirse culpable de lo sucedido. Una tontería, dirían algunos. Al final "no pasó nada" dirían otros. Para ella, la niña, no fue una tontería, y sí que pasó, claro que pasó "algo".
La vergüenza siguió al miedo. Esa vergüenza que la obligó a callar a sus padres lo ocurrido por temor a que le riñesen. ¿Porqué? Pues no sabía la razón, pero temía que enfadase tanto lo ocurrido como para que la castigaran.
Ocurrió una noche, llegando a su casa, acompañada por tres amigas. Entonces, en esa época, las niñas iban tranquilas por el pueblo. No había miedo, todo era como muy familiar, todos nos conocíamos. No era tampoco tarde, sólo que había oscurecido al ser invierno.
Llegando entre risas a aquella Plazuela, a pocos metros ya de su casa, una pandilla de energúmenos las vieron llegar y empezaron a decirles palabras soeces. A ella, la niña de la casa chica, la acorralaron haciendo un círculo de "medias neuronas" a su alrededor. Las amigas habían echado a correr. Tenían miedo. Eran niñas. Nunca les recriminó su acción aunque se sintiese en ese momento tremendamente sola.
La convirtieron en muñeca de trapo, empujándola de uno a otro. Las manos la sobaban sobre su abrigo. Las risas la hacían llorar de rabia y de impotencia. Se defendió. Al sentir como cinco dedos se posaban desde atrás en su pecho, la niña de la casa chica, la tímida, la buena cría, se giró en redondo y abofeteó lo más fuerte que pudo al agresor, que le sacaba muchos centímetros de altura.
Nunca se había sentido tan indefensa, tan humillada, tan inútil, tan débil.
La aparición a tiempo de un vecino de la calle (y compañero de clase de la niña) ahuyentó a la jauría, asustada porque fueron reconocidos y llamados por sus nombres.
Al llegar a casa fue directa al baño a lavarse la cara. No quería que viesen que había llorado.
La noticia, difundida por el mismo que la sacó de aquel círculo de potenciales violadores, corrió como la pólvora por el pueblo.
En la escuela todos la acosaron a preguntas, demandando detalles, queriendo saber cómo fue, exigiendo que la niña les confirmara si hubo violación, si era verdad que la tiraron al suelo y allí mismo abusaron de ella. El rumor había crecido de tal manera que daban por hecho que éso fue lo que pasó. La niña lloró de nuevo, abrumada y avergonzada otra vez. No podía escuchar una pregunta más por parte de sus compañeros de aula. Parecía como si necesitasen ver la imagen de la pequeña en sus sucias mentes de preadolescentes.
La llegada del profesor hizo que volvieran todos a sus pupitres y la dejasen respirar.
La miraban de otra manera los niños. Era como si llevase un cartel escrito en la frente: "Me han tocado, me han agredido, han violado mi inocencia, me han ninguneado, me han dañado".
Aquello se calmó con el tiempo, no hay nada que dure tan poco como algo que no nos ha ocurrido a nosotros. En cambio para ella quedó grabado por siempre en su memoria.
Jauría. Ahora sí que entendía la palabra.
Pasaron los años y aquella niña fue a toparse con uno de ésos que perfectamente podrían haber formado parte de aquel grupo de su niñez.
No pertenecía a un grupo violento, no, él era lobo solitario.
Se ganó su confianza con palabras dulces y promesas de amor eterno. Hasta que fue demasiado tarde para dar marcha atrás.
La primera vez que mostró sus fauces ella estaba recién parida, dolorida aún del parto de sus hijos. Ese día fue un golpe en la nuca el que la hizo trastabillar y por poco la cae de bruces.
Cuando más necesitó su cariño, cuando más vulnerable estaba siendo madre primeriza de dos niños, recibió el primer tortazo. Ese día, él empezó a romper su corazón. Ese día, trece años después de aquel recuerdo aciago de su niñez, se dio cuenta de que las alimañas no siempre atacan en manada.
Y no podía retroceder, tan sólo seguir adelante e intentar no enfadarle.
La culpa. ¿Porqué será que cuando eres víctima te sientes al mismo tiempo culpable?
Buscó en su memoria algún dato que le revelase el porqué de aquel golpe. No lograba encontrar nada, no entendía nada. Pero por algo habría sido, pensó. Nadie golpea a su pareja sin motivo.....
Y como hacía muchos años volvió a callar por miedo a los reproches. Algo habría hecho ella para enfadarlo. Calla y aguanta, ya se le pasará. Tienes dos hijos que cuidar, era únicamente lo que pensaba.
Después de aquello no le volvió a poner la mano encima hasta muchos años después. Utilizó mientras tanto otro tipo de arma: el insulto, el menosprecio, la ofensa, los reproches por aquel carácter abierto que ella tenía y que a él tanto molestaba, celoso de su simpatía. 
El lobo solitario la tenía acorralada en aquella, aparentemente, pareja perfecta.
Pero ella también echó garras aunque se mordiese las uñas. Su único fin en la vida era cuidar de sus hijos, aquellas dos personas que le robaron el corazón nada más nacer. No quería que sufriesen y luchaba porque las uñas no asomaran. Callaba. Aguantaba. Y fingía.
Él veía que no podía con ella, que pese a los desprecios y los malos gestos ella siempre tenía una sonrisa para los niños y para los demás. Entonces atacó a los lobeznos como sólo un mal bicho puede hacer. Hasta ahí llegó. La loba que la niña había ido gestando en su interior durante tantos años abofeteó como a aquél otro que le puso la mano encima cuando tan sólo era una cría. Se enfrentó a su carcelero y lo retó, si tenía lo que tenía que tener, a que se la devolviese. Y no lo hizo. Cobarde de mierda. Sí, cobarde, como todos los que se creen que por la fuerza pueden doblegar las voluntades. Cobarde como todos los que se saben inferiores y atacan cuando ven algún atisbo de debilidad.
La niña fue valiente. Caperucita se cargó al lobo sin necesidad de la ayuda del cazador. Sus uñas salieron desde su corazón roto, ese corazón que le entregó a aquel individuo para que lo acabase rompiendo en pedazos. Y lo recompuso, trocito a trocito, gracias a aquel amor incondicional que le dieron esas dos personitas de siete años y que la llamaban mamá.
Han pasado diecinueve años desde que dijo basta. La niña es ya mayor y no teme a ninguna manada. Sus cachorros se han hecho mayores y se han convertido en grandes hombres, respetuosos y buenas personas. Del lobo no han vuelto a saber nada, ni quieren.
Ella es feliz. Por fin puede hablar de lo ocurrido como si fuese una historia escuchada, aunque hubiera sido  tremendamente real lo vivido.
Pasó página, sobrevivió aunque con algunas cicatrices en su alma. 
Vive con una persona que le abrió su corazón de par en par para que ella pudiese ver que no había nada falso dentro. Y él la quiere, la respeta, la admira. No tiene garras ocultas. Nunca pertenecería a una "jauría". Es quien el destino tenía guardado para ella. 
De este amor nació otra niña, una mujercita por la que ahora ella teme cada vez que sale a la calle. Siente temor porque siguen sueltas las jaurías, porque aún hay bestias solitarias, porque teme que la historia se repita. Y pide porque ésto cambie, porque no haya más agresiones, porque las mujeres puedan salir solas a la calle sin ser atacadas, porque nadie las trate como muñecas de trapo..... Y le habla a su hija de todo ésto para que esté prevenida, para que no se fíe, para que no haga como Caperucita y pueda ser engañada por una bestia solitaria. 
La niña le sonríe y la abraza. Y ella reconoce que  está criando una mujer fuerte.
Y entonces guarda sus garras. Y le acaricia la cabeza.

Os quiero.
Sois mi manada buena.

miércoles, 18 de octubre de 2017

UN OCÉANO. UNA VIDA.



Navegaba en su barquito de papel por aquel océano  que siempre fue su vida. El horizonte se le hacía lejano, intangible, misterioso.
Bajo la quilla de su barco blanco presentía monstruos fabulosos con grandes fauces dispuestos a darse un festín con su insignificante y minúsculo cuerpo.
Sentía también, a ratos, el roce de delfines que bailaban las olas a su alrededor, haciendo que en ocasiones su travesía resultase  más llevadera.
Pero el miedo podía más que su osadía.
Siempre fue fachada. Sacaba pecho a la vida aunque por dentro temblase hasta el último átomo de su persona.
No sabía muy bien cómo había acabado viajando sola y en ese maltrecho barco que se iba humedeciendo bajo su cuerpo a cada ola surcada. Antes formó parte de una gran Armada, no invencible, pero sí muy sólida.
Pasando las millas tuvo que dejar la protección de aquellos barcos. La abandonaron a su suerte en aquel barquito que ella misma se construyó con un poco de papel. Sólo tenía una vela, la mayor, la única, la que hacía que su barco llevase el rumbo que el viento marcaba, pues no tuvo suficiente material para hacerle un timón.
En el camino encontró barcas de pescadores que la remolcaron hacia su destino, grandes buques de guerra de los que tuvo que huir si no quería que la hundiesen con su estela. También hubo algún yate de lujo donde sus tripulantes rieron la ocurrencia de surcar un océano en tan mísera nave. Éstos no  lanzaron ni un minúsculo salvavidas al agua y siguieron tostándose al sol entre carcajadas.
No podía olvidar a quienes ayudó a llegar a alguna orilla cuando les encontró a la deriva sobre algún pequeño trozo de madera. Les subió a su barquito blanco y el viento hizo el resto. Muchos no recordarían ni su nombre ya. Ella no olvidaba nada.
La noche era lo peor del viaje. Negra, fría, tenebrosa. A veces una gran luna le señalaba el camino a seguir en el agua, pero otras muchas lo hizo a ciegas.
Su barquito de papel estaba herido de muerte después de todos los salvados. El peso de tantas personas había hundido poco a poco su base y había que achicar agua para no acabar en las tripas de aquellos monstruos marinos que seguían vivos en su imaginación.
Ella miraba cada día, al amanecer, el horizonte. Sólo pensaba en llegar a alguna costa donde sentirse a salvo. Quería parar y reparar su barquito. Seguir navegando, seguir viviendo, seguir respirando, seguir temiendo, seguir esperando. Seguir, seguir, seguir.......
Y olvidó, mientras navegaba, que a veces hay que bajar la cabeza de las nubes y dejar de esperar milagros.
Y no pensó, encogida en aquel barco minúsculo y endeble, que cualquiera de las islas donde atracó para salvar a otros, podría haber sido un sitio perfecto para echar el ancla.
Y siguió surcando aquel inmenso océano sin llegar nunca a disfrutar del olor a sal, del baile de los delfines o del vuelo de las gaviotas.
Y dirigió su nave hacia el horizonte, esperando encontrar por fin su muelle para atracar.
Y pisar tierra.

jueves, 29 de junio de 2017

ÚLTIMO VUELO

Como vida de mariposa, ella esperaba que el sol se ocultara tras el ocaso.
No había estado tan mal aquel vuelo por su existencia.
Más de una vez el viento la había llevado a parajes donde jamás hubiese ido estando la brisa en calma. Otras muchas se había dejado mecer, llevar, descubriendo en esos placenteros días todo lo bello que la rodeaba.
Hoy sentía sus alas heridas de muerte.
Sus horas de vuelo habían llegado a su fin.
Pero no estaba triste.
En el transcurso de sus años había compartido el aire con algunas moscas, unos moscones, trabajadoras y organizadas abejas y varias avispas traicioneras. Aun así, siempre tuvo su sitio bajo el sol. Siempre hubo flores para ella. Siempre supo sortear los obstáculos que algunos le ponían en su espacio aéreo.
Ahora no podía volar. En cambio, desde aquel asiento junto a la ventana, pudo contemplar aquellas flores que tanto cuidó y que ahora le agradecían sus mimos obsequiándola con  unos increíbles colores. La vida se ve de otra manera cuando estás a punto de abandonarla.
El viento la saludaba tras los cristales, golpeando las ramas de aquel cerezo que sembró su padre hacía ya una eternidad. Era su forma de decirle adiós.
Tras ella sintió el trino de su canario. La jaula, grande, ahora se le antojaba minúscula. No querría haber sido nunca pájaro enjaulado. Por eso decidió ser mariposa.
Abandonó el cálido y confortable sillón desde donde había contemplado el mundo durante aquellos últimos meses y dirigió sus cansados pasos hacia esa jaula que colgaba tras ella. Abrió su pequeña puerta y dejó que aquel pájaro, inquieto al verse libre, escapase de su encierro. La gran ventana del salón, ahora abierta de par en par, fue traspasada por primera vez por algo que no fuese una mirada o un suspiro de ella.
Volvió a su asiento y desde allí contempló a aquel bello animal, posado sobre una rama del cerezo, que trinaba feliz al verse libre de barrotes. Desde allí, antes de emprender su vuelo, echó una última ojeada a aquella ventana y la vio. Sonreía desde el sillón, con los ojos cerrados.
Y en aquel instante,un alma libre se unió, como vuelo de mariposa, al aleteo de unas plumas amarillas. 
Volaron libres hacia el sol, que se ocultaba tras aquel cerezo.

martes, 3 de enero de 2017

AQUELLAS TARDES, ESTOS DÍAS.



Pasaba junto a aquella casa con la emoción contenida.
Hacía ya muchos años que no era suya.
Aún podía cerrar los ojos y recordarla tal y como fue entonces, antes de tirarla y rehacerla por completo desde sus cimientos. Su casa. La casa de su familia. La casa chica de la calleja.
Los recuerdos se amontonaban en su mente mientras pasaba por esa acera, la misma que tantos juegos soportó, que tantos niños alojó, sentados, tumbados, haciendo el pino apoyados en las fachadas.
El olor a comida que salía de alguna casa la transportó a los olores de su infancia, a los que salían de la cocina de carbón de su madre.
Era época de patatas y su padre iba a coger unas pocas tras la cosecha, de rebusco, para sus hijos.
Aquel saco que portaba en su bicicleta pronto se vaciaría, convertido por obra de la madre en unas deliciosas patatas a gallo o encascabeladas.
Los peroles, colocados en esas hornillas, rojas por el fuego avivado con fuerza de muñeca y un soplillo, bullían contentos con el contenido.
Los niños de la calle adoraban esas patatas. Ya estaban merodeando por la puerta de la casa chica.
Juana sacaba con la espumadera las primeras tandas y llamaba a los críos. Éstos, los de casa y los de fuera, salían cargados de la cocina con los platos calentitos, relamiéndose ante el espectáculo de aquel manjar dorado, crujiente, apetecible a esa hora de la tarde, casi noche.
Ella no podía evitar sonreír ante el hecho de que su casa, la más pequeña de la calle, la casa chica, siempre tuviese un hueco para todos.
Las vecinas venían a por sus hijos para darles la cena. 
-"Ya han cenado"- Les decía su madre.
-" ¿Cómo sigues teniendo tanta paciencia con los niños después de tener tú seis?"- Le preguntaban. Y ella sonreía. Disfrutaba con su casa llena de esa algarabía infantil.
Ahora ya no se oían risas de niños en su calle.
En su lugar se escuchan los coches buscando aparcamiento para las compras en ese gran supermercado siempre lleno de clientes.
Los niños crecieron y se fueron del barrio a formar sus propias familias.
La mayoría de los vecinos murieron.
La calle, con la guardería y el supermercado es un hervidero de personas, de coches, camiones y furgonetas de reparto, pero si ella cierra los ojos aún puede oír los sonidos de su infancia. Ahora escucha en su cabeza las risas de aquellos niños cuado iban para la escuela en grupo, las conversaciones de los vecinos dándose los buenos días todas las mañanas, los vendedores de peces de Puebla pregonando sus carpas y sus machos, Pepe y sus bollos de leche con su cesto de mimbre bajo el brazo, el lechero con su burra que se dirige a casa de sus vecinas..... También puede oír el martilleo sobre unas suelas en casa del zapatero, frente a su casa.
-"Pisas muy fuerte, Mari Carmen, por eso desgastas las suelas"- Solía repetirle el "siño" José cada vez que le llevaba sus zapatos para que los arreglase.
¡Cuántos recuerdos en un solo instante!
Aquella calle se había convertido para ella en un bucle temporal. Cada vez que pasaba por aquellas aceras, su memoria, su corazón, sus oídos o su olfato acababan transportándola al pasado.
 Pero ya no sentía dolor como antes. La madurez había suavizado la pena y la había convertido en nostalgia.
Ahora simplemente se limitaba a sonreír a los recuerdos, y al pasar por cada casa, recordaba a cada uno de los que fueron sus vecinos y ya no podía saludar...
Buenos días,  María Tejado. Buenos días, Isabel Reyes . Buenos días, "siño" José. Buenos días, "siño" Antonio. Buenos días, Juan Rico. Buenos días, Inés Gutiérrez. Buenos días, Curro Polo. Buenos días, Pepe Rodríguez. Buenos días, Teresa Corzo. Buenos días, Pedro Piñero. Buenos días, Pedro López. Buenos días, Petra Redondo. Buenos días, Pedro Gragera.
Si estáis por ahí arriba con Diego y con Juana, decidles que todos echamos de menos sus sonrisas, su amabilidad, su cariño...... Y sus patatitas fritas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LA NIÑA SE HA HECHO MAYOR

"La niña de la casa chica", así la habían llamado siempre las vecinas de su calle. Así le gustaba a ella recordarse ahora, con el transcurrir de los años.
La casa chica, aquella pequeña vivienda de poco más de 48 metros cuadrados donde pasó su infancia, su adolescencia, su juventud. Aquella fue la primera que vio cuando abrió sus ojos a la vida aquel veintiuno de octubre. Esa fue la casa testigo de tantos juegos con sus cinco hermanos. Aquella, la morada donde vivió tantos ratos buenos y muchos malos. La casa encalada con puerta marrón, la más pequeña de la calle, la más aprovechada, la más concurrida siempre, la que era centro de reunión de todos los niños de su calle.
En su adolescencia se avergonzó de ella cuando empezó a salir con aquel muchacho . Él tenía una casa grande con cochera, habitaciones en el piso de arriba, mucho espacio y muebles bonitos. Ella, la niña de la casa chica, no tuvo nunca una habitación para ella sola. Su dormitorio improvisado era el salón, en aquel sofá cama pegado a la camilla. Todas las noches debía sacar las sábanas y la almohada para prepararse a dormir. Todas las mañanas debía recogerlo todo para que se pudiese utilizar como asiento para cuatro.
Ahora todo aquello le parecía tan lejano......
Y sin embargo, no todo había cambiado tanto.
La niña, ya mujer, nunca dejó atrás sus inseguridades, su falta de autoestima, su complejo de inferioridad.
Su ego seguía siendo pequeño, muy pequeño, más diminuto incluso que la casa que la vio nacer.
Su pueblo estaba habitado por mediocres que la habían mirado por encima del hombro intentando empequeñecerla. Muchos de ellos fueron horadando su persona, agujereando su corazón para sentirse así más grandes. Ella seguía sin entender el porqué. Nunca hizo daño a nadie a sabiendas.
Ahora, con cincuenta y dos años, miraba de frente a todos. La vida la había enseñado a no agachar la cabeza ante nadie. No era más, pero menos tampoco. La falta de autoestima la espoleaba para mantener la mirada ante los que antaño la menospreciaron. Había aprendido que todos eran de carne y hueso, igual que ella. Todos acabarían algún día en el mismo sitio. Todos. 
Muchas veces se había cruzado con aquellos que no la aceptaban porque no encajaba en sus círculos. Algunos, hasta la saludaban
, al cabo de los años, porque ahora ella se confundía con el resto y había ampliado su círculo de amigos.
Hoy cree que es el momento de pensar de otra manera, de no sentirse pequeña, de recordar con cariño su infancia y abandonar en un rincón los malos momentos, los desplantes, los desaires, las miradas desde arriba. Es el momento de crecer, de dejar de ser pequeña, de no sentirse chica como aquella casa, de mirar a la altura de los ojos, nunca desde abajo.
Y todos los días sale a la calle con la espalda recta, la mirada al frente y la sonrisa en los labios.
La vida no la trata tan mal después de todo.
Apartando a los mediocres que se pensaban superiores a ella, su día a día está lleno de personas válidas, inteligentes, buenas. Personas que la quieren y la aceptan con sus defectos y sus virtudes. Amigos que no miden si su casa tiene los metros cuadrados exigidos para entrar en uno u otro club.
Esa gente es la que llena su vida por completo, la que la amplía, mejora y enriquece, la que la hace sentirse grande y un poquito importante al saberse querida.
Aquella niña, aquella casa, han crecido. Ya todo forma parte de su vida. 
Ahora toca seguir viviendo, que no es poco.


Feliz cumpleaños, mama, allá donde estés.

sábado, 16 de julio de 2016

LAS PRINCESAS VAN AL BAÑO

Las princesas también van al baño.
No soy menos que ellas.
Cuando tengo miedo al ridículo, cuando me entra el pánico escénico ante alguien que creo es más importante que yo, siempre pienso lo mismo. En todas las películas dicen que si te da vergüenza hablar en público te los imagines desnudos. Creo que ésto no sirve mas que para ponerse más nervioso. Mi táctica, creo, es bastante más efectiva.
Imaginaos a toda una princesa, una reina incluso, un ministro, un presidente o presidenta, o ministra, o príncipe, sentados en su trono blanco..... Todos, absolutamente todos, independientemente de su regularidad digestiva, pasan en algún momento del día por el mismo asiento.
Imagínaos sus caras rojas por el esfuerzo cuando no han tomado suficiente fibra, o sus rostros relajados y satisfechos cuando llegan por fin al ansiado lugar en un momento de apuro, aguantándose a duras penas las ganas hasta sentarse por fin y dejarse llevar por la llamada de la naturaleza.
Todos, al igual que en la muerte, somos iguales en nuestros retiros íntimos.
Nadie es más importante. Nadie siembra rosas. Nadie produce lingotes de oro. Nadie, absolutamente nadie, siente su "perfume".
Cuando veo a los glamurosos de la jet set, a las celebridades de Hollywood paseando por las alfombras tiradas a su paso, a los reyes y reinas saludando a la plebe desde sus coches blindados, a los banqueros que gobiernan el mundo decidiendo cuánto van a subir el precio del dinero, a los políticos en campaña regalando besos a los niños y prometiendo el cielo si hace falta, cuando observo todo ésto y los veo como seres inalcanzables, como dioses del Olimpo reencarnados, recuerdo que todos ellos van al baño y se igualan en el rasero de humanidad por el que los mido, a mi humilde persona.
Entonces me encuentro mejor, mucho mejor.
Quizás ellos no utilicen el papel higiénico que esté en oferta en el supermercado del barrio. Tal vez, sólo tal vez, cuando limpien sus ilustres intestinos laven sus vergüenzas bajo chorros emergentes de grifos dorados. Quizás, quién sabe, tienen inodoros que vaporicen con rosas el habitáculo para camuflar su humanidad..... Pero todos ellos, absolutamente todos, tienen que agacharse. Y entonces, por una vez, por unos instantes, nos encontramos a la misma altura.
Igual os resulto escatológica...... O rara de narices..... O morbosa.....
Yo no me creo de ninguna de esas maneras. Bueno, quizás rara, un poquito rara. Pero me gusta ser rara.
¿Creéis que soy rara?
¿Acaso vosotros no váis al baño?
Yo sí voy, casi todos los días. Me miro al espejo y pienso: " Eres igual que una princesa"