miércoles, 18 de octubre de 2017

UN OCÉANO. UNA VIDA.



Navegaba en su barquito de papel por aquel océano  que siempre fue su vida. El horizonte se le hacía lejano, intangible, misterioso.
Bajo la quilla de su barco blanco presentía monstruos fabulosos con grandes fauces dispuestos a darse un festín con su insignificante y minúsculo cuerpo.
Sentía también, a ratos, el roce de delfines que bailaban las olas a su alrededor, haciendo que en ocasiones su travesía resultase  más llevadera.
Pero el miedo podía más que su osadía.
Siempre fue fachada. Sacaba pecho a la vida aunque por dentro temblase hasta el último átomo de su persona.
No sabía muy bien cómo había acabado viajando sola y en ese maltrecho barco que se iba humedeciendo bajo su cuerpo a cada ola surcada. Antes formó parte de una gran Armada, no invencible, pero sí muy sólida.
Pasando las millas tuvo que dejar la protección de aquellos barcos. La abandonaron a su suerte en aquel barquito que ella misma se construyó con un poco de papel. Sólo tenía una vela, la mayor, la única, la que hacía que su barco llevase el rumbo que el viento marcaba, pues no tuvo suficiente material para hacerle un timón.
En el camino encontró barcas de pescadores que la remolcaron hacia su destino, grandes buques de guerra de los que tuvo que huir si no quería que la hundiesen con su estela. También hubo algún yate de lujo donde sus tripulantes rieron la ocurrencia de surcar un océano en tan mísera nave. Éstos no  lanzaron ni un minúsculo salvavidas al agua y siguieron tostándose al sol entre carcajadas.
No podía olvidar a quienes ayudó a llegar a alguna orilla cuando les encontró a la deriva sobre algún pequeño trozo de madera. Les subió a su barquito blanco y el viento hizo el resto. Muchos no recordarían ni su nombre ya. Ella no olvidaba nada.
La noche era lo peor del viaje. Negra, fría, tenebrosa. A veces una gran luna le señalaba el camino a seguir en el agua, pero otras muchas lo hizo a ciegas.
Su barquito de papel estaba herido de muerte después de todos los salvados. El peso de tantas personas había hundido poco a poco su base y había que achicar agua para no acabar en las tripas de aquellos monstruos marinos que seguían vivos en su imaginación.
Ella miraba cada día, al amanecer, el horizonte. Sólo pensaba en llegar a alguna costa donde sentirse a salvo. Quería parar y reparar su barquito. Seguir navegando, seguir viviendo, seguir respirando, seguir temiendo, seguir esperando. Seguir, seguir, seguir.......
Y olvidó, mientras navegaba, que a veces hay que bajar la cabeza de las nubes y dejar de esperar milagros.
Y no pensó, encogida en aquel barco minúsculo y endeble, que cualquiera de las islas donde atracó para salvar a otros, podría haber sido un sitio perfecto para echar el ancla.
Y siguió surcando aquel inmenso océano sin llegar nunca a disfrutar del olor a sal, del baile de los delfines o del vuelo de las gaviotas.
Y dirigió su nave hacia el horizonte, esperando encontrar por fin su muelle para atracar.
Y pisar tierra.

jueves, 29 de junio de 2017

ÚLTIMO VUELO

Como vida de mariposa, ella esperaba que el sol se ocultara tras el ocaso.
No había estado tan mal aquel vuelo por su existencia.
Más de una vez el viento la había llevado a parajes donde jamás hubiese ido estando la brisa en calma. Otras muchas se había dejado mecer, llevar, descubriendo en esos placenteros días todo lo bello que la rodeaba.
Hoy sentía sus alas heridas de muerte.
Sus horas de vuelo habían llegado a su fin.
Pero no estaba triste.
En el transcurso de sus años había compartido el aire con algunas moscas, unos moscones, trabajadoras y organizadas abejas y varias avispas traicioneras. Aun así, siempre tuvo su sitio bajo el sol. Siempre hubo flores para ella. Siempre supo sortear los obstáculos que algunos le ponían en su espacio aéreo.
Ahora no podía volar. En cambio, desde aquel asiento junto a la ventana, pudo contemplar aquellas flores que tanto cuidó y que ahora le agradecían sus mimos obsequiándola con  unos increíbles colores. La vida se ve de otra manera cuando estás a punto de abandonarla.
El viento la saludaba tras los cristales, golpeando las ramas de aquel cerezo que sembró su padre hacía ya una eternidad. Era su forma de decirle adiós.
Tras ella sintió el trino de su canario. La jaula, grande, ahora se le antojaba minúscula. No querría haber sido nunca pájaro enjaulado. Por eso decidió ser mariposa.
Abandonó el cálido y confortable sillón desde donde había contemplado el mundo durante aquellos últimos meses y dirigió sus cansados pasos hacia esa jaula que colgaba tras ella. Abrió su pequeña puerta y dejó que aquel pájaro, inquieto al verse libre, escapase de su encierro. La gran ventana del salón, ahora abierta de par en par, fue traspasada por primera vez por algo que no fuese una mirada o un suspiro de ella.
Volvió a su asiento y desde allí contempló a aquel bello animal, posado sobre una rama del cerezo, que trinaba feliz al verse libre de barrotes. Desde allí, antes de emprender su vuelo, echó una última ojeada a aquella ventana y la vio. Sonreía desde el sillón, con los ojos cerrados.
Y en aquel instante,un alma libre se unió, como vuelo de mariposa, al aleteo de unas plumas amarillas. 
Volaron libres hacia el sol, que se ocultaba tras aquel cerezo.

martes, 3 de enero de 2017

AQUELLAS TARDES, ESTOS DÍAS.



Pasaba junto a aquella casa con la emoción contenida.
Hacía ya muchos años que no era suya.
Aún podía cerrar los ojos y recordarla tal y como fue entonces, antes de tirarla y rehacerla por completo desde sus cimientos. Su casa. La casa de su familia. La casa chica de la calleja.
Los recuerdos se amontonaban en su mente mientras pasaba por esa acera, la misma que tantos juegos soportó, que tantos niños alojó, sentados, tumbados, haciendo el pino apoyados en las fachadas.
El olor a comida que salía de alguna casa la transportó a los olores de su infancia, a los que salían de la cocina de carbón de su madre.
Era época de patatas y su padre iba a coger unas pocas tras la cosecha, de rebusco, para sus hijos.
Aquel saco que portaba en su bicicleta pronto se vaciaría, convertido por obra de la madre en unas deliciosas patatas a gallo o encascabeladas.
Los peroles, colocados en esas hornillas, rojas por el fuego avivado con fuerza de muñeca y un soplillo, bullían contentos con el contenido.
Los niños de la calle adoraban esas patatas. Ya estaban merodeando por la puerta de la casa chica.
Juana sacaba con la espumadera las primeras tandas y llamaba a los críos. Éstos, los de casa y los de fuera, salían cargados de la cocina con los platos calentitos, relamiéndose ante el espectáculo de aquel manjar dorado, crujiente, apetecible a esa hora de la tarde, casi noche.
Ella no podía evitar sonreír ante el hecho de que su casa, la más pequeña de la calle, la casa chica, siempre tuviese un hueco para todos.
Las vecinas venían a por sus hijos para darles la cena. 
-"Ya han cenado"- Les decía su madre.
-" ¿Cómo sigues teniendo tanta paciencia con los niños después de tener tú seis?"- Le preguntaban. Y ella sonreía. Disfrutaba con su casa llena de esa algarabía infantil.
Ahora ya no se oían risas de niños en su calle.
En su lugar se escuchan los coches buscando aparcamiento para las compras en ese gran supermercado siempre lleno de clientes.
Los niños crecieron y se fueron del barrio a formar sus propias familias.
La mayoría de los vecinos murieron.
La calle, con la guardería y el supermercado es un hervidero de personas, de coches, camiones y furgonetas de reparto, pero si ella cierra los ojos aún puede oír los sonidos de su infancia. Ahora escucha en su cabeza las risas de aquellos niños cuado iban para la escuela en grupo, las conversaciones de los vecinos dándose los buenos días todas las mañanas, los vendedores de peces de Puebla pregonando sus carpas y sus machos, Pepe y sus bollos de leche con su cesto de mimbre bajo el brazo, el lechero con su burra que se dirige a casa de sus vecinas..... También puede oír el martilleo sobre unas suelas en casa del zapatero, frente a su casa.
-"Pisas muy fuerte, Mari Carmen, por eso desgastas las suelas"- Solía repetirle el "siño" José cada vez que le llevaba sus zapatos para que los arreglase.
¡Cuántos recuerdos en un solo instante!
Aquella calle se había convertido para ella en un bucle temporal. Cada vez que pasaba por aquellas aceras, su memoria, su corazón, sus oídos o su olfato acababan transportándola al pasado.
 Pero ya no sentía dolor como antes. La madurez había suavizado la pena y la había convertido en nostalgia.
Ahora simplemente se limitaba a sonreír a los recuerdos, y al pasar por cada casa, recordaba a cada uno de los que fueron sus vecinos y ya no podía saludar...
Buenos días,  María Tejado. Buenos días, Isabel Reyes . Buenos días, "siño" José. Buenos días, "siño" Antonio. Buenos días, Juan Rico. Buenos días, Inés Gutiérrez. Buenos días, Curro Polo. Buenos días, Pepe Rodríguez. Buenos días, Teresa Corzo. Buenos días, Pedro Piñero. Buenos días, Pedro López. Buenos días, Petra Redondo. Buenos días, Pedro Gragera.
Si estáis por ahí arriba con Diego y con Juana, decidles que todos echamos de menos sus sonrisas, su amabilidad, su cariño...... Y sus patatitas fritas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LA NIÑA SE HA HECHO MAYOR

"La niña de la casa chica", así la habían llamado siempre las vecinas de su calle. Así le gustaba a ella recordarse ahora, con el transcurrir de los años.
La casa chica, aquella pequeña vivienda de poco más de 48 metros cuadrados donde pasó su infancia, su adolescencia, su juventud. Aquella fue la primera que vio cuando abrió sus ojos a la vida aquel veintiuno de octubre. Esa fue la casa testigo de tantos juegos con sus cinco hermanos. Aquella, la morada donde vivió tantos ratos buenos y muchos malos. La casa encalada con puerta marrón, la más pequeña de la calle, la más aprovechada, la más concurrida siempre, la que era centro de reunión de todos los niños de su calle.
En su adolescencia se avergonzó de ella cuando empezó a salir con aquel muchacho . Él tenía una casa grande con cochera, habitaciones en el piso de arriba, mucho espacio y muebles bonitos. Ella, la niña de la casa chica, no tuvo nunca una habitación para ella sola. Su dormitorio improvisado era el salón, en aquel sofá cama pegado a la camilla. Todas las noches debía sacar las sábanas y la almohada para prepararse a dormir. Todas las mañanas debía recogerlo todo para que se pudiese utilizar como asiento para cuatro.
Ahora todo aquello le parecía tan lejano......
Y sin embargo, no todo había cambiado tanto.
La niña, ya mujer, nunca dejó atrás sus inseguridades, su falta de autoestima, su complejo de inferioridad.
Su ego seguía siendo pequeño, muy pequeño, más diminuto incluso que la casa que la vio nacer.
Su pueblo estaba habitado por mediocres que la habían mirado por encima del hombro intentando empequeñecerla. Muchos de ellos fueron horadando su persona, agujereando su corazón para sentirse así más grandes. Ella seguía sin entender el porqué. Nunca hizo daño a nadie a sabiendas.
Ahora, con cincuenta y dos años, miraba de frente a todos. La vida la había enseñado a no agachar la cabeza ante nadie. No era más, pero menos tampoco. La falta de autoestima la espoleaba para mantener la mirada ante los que antaño la menospreciaron. Había aprendido que todos eran de carne y hueso, igual que ella. Todos acabarían algún día en el mismo sitio. Todos. 
Muchas veces se había cruzado con aquellos que no la aceptaban porque no encajaba en sus círculos. Algunos, hasta la saludaban
, al cabo de los años, porque ahora ella se confundía con el resto y había ampliado su círculo de amigos.
Hoy cree que es el momento de pensar de otra manera, de no sentirse pequeña, de recordar con cariño su infancia y abandonar en un rincón los malos momentos, los desplantes, los desaires, las miradas desde arriba. Es el momento de crecer, de dejar de ser pequeña, de no sentirse chica como aquella casa, de mirar a la altura de los ojos, nunca desde abajo.
Y todos los días sale a la calle con la espalda recta, la mirada al frente y la sonrisa en los labios.
La vida no la trata tan mal después de todo.
Apartando a los mediocres que se pensaban superiores a ella, su día a día está lleno de personas válidas, inteligentes, buenas. Personas que la quieren y la aceptan con sus defectos y sus virtudes. Amigos que no miden si su casa tiene los metros cuadrados exigidos para entrar en uno u otro club.
Esa gente es la que llena su vida por completo, la que la amplía, mejora y enriquece, la que la hace sentirse grande y un poquito importante al saberse querida.
Aquella niña, aquella casa, han crecido. Ya todo forma parte de su vida. 
Ahora toca seguir viviendo, que no es poco.


Feliz cumpleaños, mama, allá donde estés.

sábado, 16 de julio de 2016

LAS PRINCESAS VAN AL BAÑO

Las princesas también van al baño.
No soy menos que ellas.
Cuando tengo miedo al ridículo, cuando me entra el pánico escénico ante alguien que creo es más importante que yo, siempre pienso lo mismo. En todas las películas dicen que si te da vergüenza hablar en público te los imagines desnudos. Creo que ésto no sirve mas que para ponerse más nervioso. Mi táctica, creo, es bastante más efectiva.
Imaginaos a toda una princesa, una reina incluso, un ministro, un presidente o presidenta, o ministra, o príncipe, sentados en su trono blanco..... Todos, absolutamente todos, independientemente de su regularidad digestiva, pasan en algún momento del día por el mismo asiento.
Imagínaos sus caras rojas por el esfuerzo cuando no han tomado suficiente fibra, o sus rostros relajados y satisfechos cuando llegan por fin al ansiado lugar en un momento de apuro, aguantándose a duras penas las ganas hasta sentarse por fin y dejarse llevar por la llamada de la naturaleza.
Todos, al igual que en la muerte, somos iguales en nuestros retiros íntimos.
Nadie es más importante. Nadie siembra rosas. Nadie produce lingotes de oro. Nadie, absolutamente nadie, siente su "perfume".
Cuando veo a los glamurosos de la jet set, a las celebridades de Hollywood paseando por las alfombras tiradas a su paso, a los reyes y reinas saludando a la plebe desde sus coches blindados, a los banqueros que gobiernan el mundo decidiendo cuánto van a subir el precio del dinero, a los políticos en campaña regalando besos a los niños y prometiendo el cielo si hace falta, cuando observo todo ésto y los veo como seres inalcanzables, como dioses del Olimpo reencarnados, recuerdo que todos ellos van al baño y se igualan en el rasero de humanidad por el que los mido, a mi humilde persona.
Entonces me encuentro mejor, mucho mejor.
Quizás ellos no utilicen el papel higiénico que esté en oferta en el supermercado del barrio. Tal vez, sólo tal vez, cuando limpien sus ilustres intestinos laven sus vergüenzas bajo chorros emergentes de grifos dorados. Quizás, quién sabe, tienen inodoros que vaporicen con rosas el habitáculo para camuflar su humanidad..... Pero todos ellos, absolutamente todos, tienen que agacharse. Y entonces, por una vez, por unos instantes, nos encontramos a la misma altura.
Igual os resulto escatológica...... O rara de narices..... O morbosa.....
Yo no me creo de ninguna de esas maneras. Bueno, quizás rara, un poquito rara. Pero me gusta ser rara.
¿Creéis que soy rara?
¿Acaso vosotros no váis al baño?
Yo sí voy, casi todos los días. Me miro al espejo y pienso: " Eres igual que una princesa"

miércoles, 22 de junio de 2016

EFÍMERAS TELAS DE ARAÑA


Se estaba empezando a hartar de tanta hipocresía.
Añoraba partes de su pasado y sentía impotencia al darse cuenta que jamás regresarían.
En su vida, en esa etapa tan negra y dolorosa en que muchos le dieron la espalda, aparecieron personas que ahora mismo no sabría ni cómo clasificar. En aquel entonces los llamó amigos, aun consciente de que esa palabra les quedaba grande. Era lo que tenía, no podía aspirar a más.
Es curioso todo lo que se rompe cuando tomas una decisión en tu vida personal. Todo se conecta, y por tanto, todo acaba igual de roto que su centro.
Una tela de araña invisible une todos los momentos de la vida, relacionándolos entre sí, a tal punto que si una pequeña hebra se suelta, todo queda destruído.
Eso fue lo que le ocurrió. Por eso ella tejió otra tela.
En esa urdimbre empezaron a cohabitar seres extraños,personas que haciéndose pasar por amigos le robaron su energía vital. Acomodó sus oídos a los problemas de aquellos "especímenes", los consoló, los ayudó, cedió su vida y su plato a alguno de ellos.....Hasta que se hartó.
Nadie la apreció como ella hubiese deseado. Nadie la consoló. Nadie la escuchó. Nadie, absolutamente nadie, le entregó su amistad como ella la entendía. La ley del embudo suelen llamar a esta actitud egoísta.
Rompió otra tela, ésta la estaba asfixiando.
Conoció al hombre de su vida. Él tenía una tejida, con años de antigüedad, aunque también un poco desgastada por el uso.
Ella se acomodó en esa tela, crédula de que aquellos que la conformaban eran de otra manera.
Desde el principio le dejaron claro que era una intrusa. Antes que ella, otra había ocupado su lugar.
Ahora, después de muchos años, todos los especímenes de esa tercera trama, habían abandonado el lugar para formar su propia biosfera. En ella no cabían ya ni ella ni él. 
La persona que compartía su vida no se explicaba esta actitud, en cambio ella sí la entendía.
En esta vida, cuando vives en una maraña, no puedes dar un paso sin que los otros no se balanceen. Tus palabras deben ser siempre las que los demás quieren oir. No les interesan los problemas, ni las penas, ni los sentimientos ajenos....... La amistad, para ellos, es ocio, entretenimiento, fiestas, situaciones en las que no importe qué pasa en el corazón del que está enfrente, donde no quieren saber para no tener que ayudar.
Eso sí, después nos gusta hacernos fotos y colgarlas en las redes, aparentar, fingir, ignorar todo lo demás.
Ella, desde su pequeñita tela construída con tanto amor, miraba las otras deshechas desde su recuerdo y no lo acababa de entender. ¿En qué momento tuvo la idea absurda de encajar en ellas?
A veces sentía ganas de gritar, de decir a todos lo que pensaba, lo que sentía, lo que la habían hecho sentir, pero otra parte de sí la contenía. No, no era miedo, sino  indiferencia. Sí, indiferencia, que es lo peor que se pueda sentir por alguien.
Solamente el amor rellenó el profundo hueco dejado por esos ausentes. Sin embargo, en la soledad de su mundo, en su biosfera, en su microcosmos privado, nunca dejó de añorar a aquellos amigos que perdió en el camino tras romper la primera hebra.
La distancia había puesto una barrera insalvable entre ellos. Los años, los acontecimientos, aquella primera brecha que separó sus rumbos, hacían muy difícil la unión de sus vidas.
Y ella lo sentía en el alma.
¿No habría una forma- pensaba- de volver a coser los hilos que la unieron en su día a ellos?
Difícil trabajo para la mejor modista. Las telas de araña no se remiendan.