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DONDE SIGA LUCIENDO EL SOL.

 " Soledad no es una palabra fácil de pronunciar; al hacerlo siento un nudo en la garganta que me cierra el paso al llanto, que oprime mi corazón y pareciera que lo encogiese por un instante.
Siempre me he sentido sola, será que ya nací predispuesta a la melancolía o es que me ha afectado en demasía el interés que pudiesen tener los demás en mí.
Quizás esperé demasiado del mundo y ese mundo no quiso darme tanto.
Aquí estoy, en esta residencia para mayores,  eufemísticamente llamada así por las personas encargadas, esas que cuidan de nuestros últimos días, las que velan por "sus viejitos" y se hacen fotos con nosotros el día de Navidad, antes de marcharse a cenar con sus familias.
Aquí estoy, en esta habitación coqueta con flores artificiales en el jarrón, cuadros de imprenta con imágenes bucólicas de pájaros trinando sobre verdes y floridas ramas mientras fuera reina la oscuridad. Lo peor de este lugar es que mañana tampoco desaparecerá ese negro que lo envuelve todo. Hasta aquí no llega el sol. Aquí no hay horas, no hay días, no hay domingos.... Solo existen lunes tediosos, largos, oscuros, fríos, porque no tengo a nadie por quien esperar.
El me abandonó hace ya dos años, aunque para mí hayan sido doscientos.
No le perdonaré nunca.
Mis hijos no sé dónde caminan, supongo que estarán en sus confortables camas durmiendo tras un duro día de trabajo. Están atareados, no tienen tiempo. Los domingos no vienen a verme, tienen otros compromisos y saben que yo estoy bien, no pueden dejar de lado su vida, sus amistades, sus eventos, sus barbacoas, sus escapadas románticas a la sierra solo para venir a visitar a una anciana que no les aporta nada, que no se queja, que pocas veces habla, que les incomoda y trastoca sus vidas con el simple gesto de mirarles a los ojos.
Qué terrible es el olvido. Cuán penoso llegar a viejo.
No te perdono mi vida..... No me has llevado contigo....Me has abandonado
Afuera, tras los barrotes, distingo las sombras del jardín donde me obligan a bajar a diario - para que respire aire puro y me distraiga, me dicen las jovencitas que nos atienden-. Yo no quiero distraerme, no quiero respirar, necesito morirme de una puñetera vez.
Dios tampoco me escucha cuando le ruego que acabe conmigo en cada sueño. Capaz será de hacerlo cuando a El le dé la real gana, como todo lo que hace, y me lleve cuando aún esté despierta.... Y tengo miedo a sentirlo. Quisiera morir dormida, pasar de un sueño a ese otro del que no pueda despertar.
A veces he soñado con cosas bonitas, bellos sueños de los que no me apetecía despertar...Pero llegaban las cuidadoras y  levantaban las persianas. No quiero que me las levanten...Deseo seguir soñando eternamente. Necesito encontrarme con él y no tener que abandonarlo.
Son las once de la noche y debería meterme en la cama, pero la veo fría y terriblemente grande. Siento angustia otra vez. El médico que me atiende dice que mi corazón está débil, pero que viviré unos años más aún. Ojalá se equivoque. Esta máquina se empeña en latir dentro de un cuerpo que no lo desea.
Debo acostarme o vendrá la enfermera de noche a darme una pastilla para dormir. No es que no quiera dormirme, pero no me gusta que me obliguen a ello.
Siempre he sido un poco díscola, debo reconocerlo. Lo mío siempre fue remar contra corriente aun a riesgo de destrozarme los brazos. Luché contra mi madre antes incluso de salir de su vientre. Me revolvía, pateaba, giraba y volvía a girar, haciéndola desear que naciese cuanto antes para no seguir sufriendo.
El parto tampoco se lo puse fácil - algo que continuamente me recriminó-, así que mi madre me odiaba. Dios, qué difícil es oirlo en mi cabeza, cuánto sigue doliendo aunque hayan pasado tantísimos años.
Por eso yo no he sido buena madre, tengo la excusa perfecta. Al menos eso será lo que argumenten  mis hijos para tapar su propio egoísmo.
Lo intenté, por supuesto que lo intenté. Tú que estás por ahí arriba lo sabes. Pero no supieron nunca ver mis esfuerzos. 
Los quiero, siempre los he querido. No soy como mi madre. Quizás los traté siempre con demasiada condescendencia; no quería que un día me viesen como yo vi a su abuela.
Ahora necesito dormir. Quiero soñar con años pasados. Quiero revivir sus nacimientos, sus concepciones, sus risas melladas, sus primeros pasos, sus primeras caídas, los paseos por el campo en familia y con él de la mano. El, mi amor, mi compañero, mi amigo, mi amante. 
El, que no tuvo paciencia -con lo tranquilo que fue siempre- y se marchó antes que yo. 
Seguramente me está guardando un sitio a su lado. Espero que haya escogido un rinconcito donde no haya rejas y los pájaros sean de verdad, al igual que sus trinos y las ramas donde se posen."

Introdujo su pequeño cuerpo bajo las sábanas y aquella colcha de crochet y se obligó a cerrar los ojos.
Al día siguiente entró la cuidadora a subir las persianas y la vio sonriendo por primera vez en dos años.
La saludó amigablemente, pero ella pareció no escucharla.
Esa mañana, a pesar de la lluvia caída de madrugada, el sol brillaba llenando todo el cuarto.
Ella había muerto. Su corazón, al igual que su Dios, se habían apiadado de ella y la habían dejado marchar.
Y falleció como siempre deseó hacerlo: Soñando con un claro día de campo en compañía de toda su familia. Se marchó feliz.


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