martes, 5 de abril de 2011

RECUERDOS


Recuerdo el día que mi padre murió, pero en mi memoria solo guardo todo lo vivido con él. Aún está muy cerca la madrugada que nos abandonó mi madre, que fue en busca del amor de su vida, aquella 
madrugada amarga, pero tambien prefiero recordar lo bueno que nos dió cuando vivía.
Es curioso darse cuenta de que cuanto más pasa el tiempo, más los echo de menos.
El se fue sin decir nada, en plena calle su cuerpo cayó muerto, fulminado por el infarto. Ella, silenciosa, se fue apagando poco a poco, con el dulce dormir de la morfina, y su despedida solo fue una lágrima, esa lágrima que resbaló por su cara cuando le apreté la mano.
Los necesito a mi lado, necesito que sean mis padres otra vez, necesito sus riñas, sus consejos, sus presencias, esas que te tranquilizaban, que te hacían sentir segura y arropada, como cuando era niña y se ponían al lado de mi cama si estaba enferma.
Soy madre, pero aún me siento sola a veces, y no tengo a mis padres cerca para que me protejan de mis miedos. Es irónico ver que al final no somos tan grandes como nos creemos, que no somos tan autosuficientes como hacemos creer a los demás. Todos necesitamos una caricia, un beso de nuestros padres, para seguir así siendo un poco niños, y dejarnos llevar por el sentimiento de dependencia y de comodidad que dan el saber que ellos te ayudarán, que gracias a ellos todo se soluciona, porque los padres son nuestras figuras envidiadas, las personas admiradas a las que nos queremos parecer cuando seamos mayores. Cuando ellos ya no están, queda un vacío extraño, el destino corta nuestro último cordón umbilical y nos queda solos, desnudos ante la vida, y sin nadie que nos dé la mano o nos aupe en brazos para que no lloremos.
Ellos no eran perfectos, claro, como nadie lo es, pero tenían grandes cualidades, y sobre todas ellas una: eran incondicionales de sus hijos. Todo lo que hicieron en esta vida fue luchar y trabajar por ellos, nos educaron con unos valores que a ellos les inculcaron a fuerza de vivir, sin estudiar apenas, pero absorbiendo como esponjas todo lo que la existencia les ponía en su camino.
Mi madre y mi padre decían a menudo que era curioso que cuando alguien moría, todo el mundo decía de él que era bueno, aunque en vida hubiera dejado mucho que desear, pero en este caso no se cumple esta regla, porque todos los que los conocieron a ellos opinan que sobre todo eran grandes personas.
Nos han dejado los dos, y yo me he quedado sin mis padres, dos seres maravillosos, que estén donde estén, sé que estarán velando por sus hijos, lo que mejor sabían hacer.
Papa, mama, os quiero tanto, y me duele tanto no haberlo dicho antes, que no puedo pensar en vosotros sin derramar mis lágrimas, esas lágrimas que un día vosotros secásteis con el pañuelo, y que ahora, sin que nadie me las limpie, brotan sin parar de mis ojos.
Sé que me estáis viendo ahora, los dos juntitos, quizás enzarzados en alguna peleilla de esas que teníais algunas veces, y que os alegrais por mí, porque me veis feliz, y ese era el fin de vuestra existencia, como es el deseo de cualquier buen padre, que sus hijos alcancen la felicidad.
Soy muy feliz, sí, tengo todo lo que una persona puede desear y todo el amor que me dan mi marido y mis hijos, pero como os he dicho antes, sería totalmente dichosa si pudiese acercarme a casa, sentarme a la camilla con vosotros y tomarme un cafelino de puchero, el vaso o la taza llena hasta el borde porque sino estaría vacía, y caliente, tan caliente que papa se viene quemando los dedos por el camino. Nos reiríamos un rato, mama me diría que sacase unas magdalenas del mueble, y papa se iría al patio a enseñar los canarios a Lucía, como cuando Rubén y Daniel eran pequeños.
Papa se subiría después con Jose a la nave de la terraza y le enseñaría algún proyecto que tuviese entre manos, y él le ayudaría con sus trabajos, y lo querría como a un hijo, aunque en realidad no haya llegado a conocerlo nunca. Sé que se hubiesen querido de haberse conocido.
Y ahora estoy aquí, rememorando momentos, riendo situaciones, llorando pérdidas, pero sobre todo, acordandome de vosotros, mis padres, que me seguís queriendo como yo a vosotros.



3 comentarios:

  1. dios tita lo que he podido llorar... no soy capaz de pensar en ellos sin que se me escape alguna lágrima. Lo que daría por volver años atrás y vivir de nuevo todos esos momentos juntos allí en casa, en el pequeñito salón donde nos juntábamos todos los tíos y primos y ellos felices de tenernos allí. Tú sabes que no creo en estas cosas pero ojalá algún día me reencuentre con ellos...

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  2. entiendo lo que es eso,yo lo sufri en mi madre que tardo 12 años en morir por un cancer,la vida muchas veces es dura pero debemos seguir adelante y desde luego yo no soy el mas indicado para dar consejos ya que en dos ocasiones trate de quitarme la vida,gracias por dejarme comentar en tu blog y un saludo de todo corazon

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  3. Mari es cierto la desaparicion de los padres es un dolor que cada dia lo sientes como el primero.Mi padre se fue hace ya seis años pero yo lo recuerdo todos los dias y cuando voy a ver a mi madre (que es todos los dias ), lo veo sentado en su sillon canturreando ,le gustaba mucho cantar.
    Y tu padre que dia mas triste y mas feo el dia que se marcho, lo recuerdo con frecuencia y tu madre igual, se marcho calladamente.
    Bueno en el fondo es bueno que esten siempre en nuestro recuerdo eso demuestra que siguen vivos en nosotros.

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