viernes, 9 de diciembre de 2011

TAM TAM, YA VIENEN LOS REYES....

Aún el alba no había despuntado cuando se encendieron las luces de la casa chica. El bullicio de los niños hizo levantarse a los padres, más ilusionados que ellos por ver sus caras.
Aquella escopeta de ventosas era increíble, pensaba uno de los mocosos mientras la cargaba, acariciando con sus dedos aquella goma, que seguro se quedaba mejor pegada si la mojaba un poquito con saliva. Algo llamó entonces su atención..... desde lo alto lo miraba desafiante aquella solitaria bombilla.... Sus filamentos dorados parecía que lo provocasen. Miró la escopeta, luego a la luz tentadora, y no lo pensó....El ruído y la explosión de los finos cristales, unidos al apagón que se produjo al saltar los plomos, dieron paso a la voz estentórea de la madre, que sabía lo que costaba una bombilla más que aquel travieso que ahora no sabía dónde esconderse.
Varios domingos sin breas del gato ni caramelos saci le costó pagarla a Andresito, pero aquel recuerdo de cristales volando y la luz apagándose, no se lo quitaría nadie, como a ninguno de sus hermanos, que seguirían riéndose mucho tiempo al rememorarlo.
Aquella fue una de las mejores mañanas de Reyes. En cada zapato habían dejado caramelos, como todos los años, pero aquel en concreto trajo también a la hermana una muñeca barrigona, pequeñita, con su urna de plástico transparente, que le duraría tanto tiempo que hasta sus sobrinas llegarían a jugar con ella al pasar de los años.
Armaritos, paneros, mesitas con sillas, escopetas y espadas de madera, todo aquello era alucinante. Esos Reyes si que eran unos artistas, a ninguno de los amigos de la calle les hacías esas cosas tan maravillosas. Ellos jugarían con sus juegos de magia, con sus aros y guías nuevos, o con el camión más grande, pero aquellos juguetes que los hermanos recibían eran únicos, los habían hecho exclusivamente para ellos.
Han pasado muchos años de aquello. Los hermanos han crecido, ahora son padres, y siguen con la misma ilusión que les inculcaron ,siendo pequeños, sus padres. Aquellos padres que pensaban cada Navidad en cómo y de qué llenar sus zapatos, y que les hacían entender que si SSMM no eran espléndidos un año tras otro no era porque hubiesen sido malos, sino porque había muchos niños para repartir, y a veces, cuando llegaban a casa, los sacos se habían quedado vacíos.
Las noches que eso pasaba, que fueron muchos, el padre sabía compensarlos con juegos de cartas, haciéndoles sus famosos dibujos de caballos, o jugando a "con la boca sí, con la mano no", atando una bellota pelada a un hilo y haciéndolos reir a carcajadas con los intentos infructuosos por morderla.
Tuvieron una infancia feliz, sin lujos, pero con mucho cariño, ese cariño que a veces es tan difícil expresar cuando escasea el dinero.
Sé que lo mismo que la niña, sus hermanos aún siguen viviendo con ilusión infantil esa noche mágica, y que quizás sigan tapándose con las mantas cuando escuchan algún ruido, no sea que sean los Reyes, y al verlos despiertos se marchen sin dejarles nada en los zapatos.
Por cierto, ¿los tienen ustedes ya limpios y lustrados para ponerlos en la puerta de su habitación?, yo sí, porque mi madre nos decía que si los veían sucios, no nos dejarían nada, no les gustaban los niños cochinos.
Ahora les dejo, que tengo que escribir mi carta a Baltasar, mi Rey preferido, al que un día tuve el gusto de conocer en persona y que me dió un beso en la mejilla. Desde entonces he crecido muchos centímetros, pero mi corazón sigue igual de inocente, y sigo creyendo en él. Le dejaré unos polvorones y leche, que no sé muy bien si le gustan, pero lo cierto es que todos los años acaba con ellos. A los camellos agua y pan, que les encanta, y en mi carta les dejaré, además de mis peticiones, una muy especial: Salud para todas las personas que quiero y para las que no me quieran. Este es el mejor regalo que nos pueden dejar en nuestros limpios zapatos.
Firmado: La niña de la casa chica.
 

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