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HASTA PRONTO, HERMANO

Diego, Dieguito, el de la casa chica, se enfundó la camiseta del Betis y, mirando por encima de sus gafas, comentó que sobraba tela para otra. La niña de la casa chica vio desde su ventana, tras las estrellas, cómo se alejaba de ellos, de sus hermanos, de su familia, para ir al encuentro de sus padres. Allí, por el confinamiento, sólo pudo lanzarle un beso mojado por las lágrimas. Petete, como le llamaba su amigo Mariñas, de cuerpo menudo y corazón enorme, les había dejado demasiado pronto. La gran familia que habían formado se había partido en una de sus esquinas, y ese gran corazón heredado de sus padres aparecía ahora mordido, roto de dolor por aquella temprana marcha. La niña de la casa chica es ya adulta, cincuentenaria, pero el dolor hace que asome la cría que fue y que necesita un abrazo para calmarla en su duelo. La tristeza que siente es tan grande que el nudo formado en su garganta le impide romper en llanto. Su hermano, aquel que la montó un día en su bicicleta y la l...

QUE SIEMPRE SEA NAVIDAD

Pasadas las fiestas y quedándole el regusto de las comilonas, los buenos deseos y las luces navideñas, sentada allí frente al teclado, sonríe al recordar la mirada de asombro de su nieto al ver el árbol engalanado, las risas de sus hijos charlando durante la cena de Nochevieja, los abuelos probando de todo y aprobando los platos con un "está muy bueno", la tía María que no quiere cenar mucho porque no es su costumbre pero que aun así come de todo un poquíno..... Su mirada los recorre en el pensamiento y se da por satisfecha. Otro año más juntos. Otras Fiestas decorando, organizando, cocinando, comprando regalos, con el estrés que produce en ella la posible aceptación, el visto bueno, el haber acertado en la medida de sus posibilidades. Por unos días olvida que falta gente importante en su vida, porque le quedan ellos, los que ahora son realmente su prioridad. Ley de vida, como sabe que ocurrirá cuando ella falte en esa mesa. Ellos, sus hijos, pasarán las mismas fiestas con q...

MI CHIQUININO

Hacía calor a pesar de estar a finales de octubre. Un mensaje nos alertó a todos. Tenías prisa por nacer y lo ibas a hacer veinte días antes. Allí estábamos tus abuelos, tu padre, tus tíos, por supuesto tu madre, y yo, tu abuela paterna. La emoción y el miedo asomaron a la cara de tus padres cuando les dijeron que ibas a nacer por cesárea. Era tanta la gana que tenías por ver el mundo exterior que empujabas y empujabas sin que tu madre estuviese preparada para alumbrarte. Así que así naciste, mi niño, entre las lágrimas de tus padres y el miedo disimulado de tus abuelos. No podías ser más guapo. Allí acurrucado, en aquella cunita de hospital, llamaban poderosamente la atención tus pestañas y tus ojos grandes, curiosos, que se fueron posando en nosotros mientras rodeábamos la cuna para conocerte. Tu madre estaba preciosa, mi niño, a pesar de sus ojos llorosos y sus ganas de abrazos para mitigar un poco el miedo sentido. No dejaba de preguntarnos tras el cristal si te ha...

LA RECETA DE ABUELA JUANA

Unas guindas secas remojándose en agua para hidratarlas, un par de hojas de laurel, unos dientes de ajo, sal y vino blanco. Todos los ingredientes preparados mientras ella partía a trozos aquellos pollos de campo para después cocinarlos. Era la mañana de Nochebuena y había trajín en la cocina de la casa chica. Sus pequeñas manos manejaban aquellos pollos con una precisión de cirujana. Ahora, cortaba los muslos y los troceaba, separando los contramuslos de los muslitos. Éstos, a su vez, eran partidos en dos pedazos, para que se cocinaran mejor y hubiese más "presas" en la fuente. Las pechugas eran dividas en trozos prácticamente iguales, sin quitarles el hueso ni la ternilla, porque todo daría mejor sabor al plato. Los cuellos o pescuezos no se tiraban, qué va, porque eran un manjar para su marido. El enorme perol ya estaba colocado en la lumbre de la cocina de carbón, con su aceite de oliva brillando en el fondo. Ahora pondría los dos pollos desmenuzados, las guindas rem...

HASTA QUE SEAMOS VIEJOS

Y tú me mecías en mi sueño, en aquel horrible sueño que me hacía llorar algunas noches. Y tu cuerpo era mi refugio, tus brazos la soga que me amarraba para no caer al precipicio. Me acunabas como a un bebé perdido que ha encontrado por fin a su padre. Tus besos en mi frente y tu susurro tranquilizaba mi alma, aquella que tanto dolía en la pesadilla.  Y amanecía abrazada a ti, acurrucada como animal herido, calentita, calmada, protegida. El sol asomaba por la ventana. Hoy teníamos el día para nosotros. Sin agobios, sin prisas, sin trabajo. Te levantaste despacio y dejaste suavemente mi cabeza sobre la almohada para que no despertase aún. Decías que tenía una sonrisa dibujada en mi rostro y no querías que se borrase. Fuiste a la cocina y preparaste un delicioso desayuno. Mientras, yo viajaba esta vez contigo, en un nuevo sueño, y paseábamos descalzos por la arena de una playa. Sentía la brisa del mar en mi rostro y el calor de tu mano agarrando la mía. Entonces oí c...

UN PASEO POR EL BOSQUE

El bosque entero susurraba cuando el viento, algo gélido, rozaba sus hojas. Éstas, amarillas de cansancio, viejas en edad, caían con cada caricia, alfombrando el suelo yermo del otoño. Bajo las copas de los árboles, muchos en proceso de desnudez, brotaban setas marrones. Las semillas caían, separadas hacía tiempo de las flores que las cubrieron. El mullido lecho que las recibía , blando por las primeras lluvias, deseoso, engullía en sus entrañas aquellos proyectos de verdes vidas. Las nueces, las castañas, las almendras, engordaban dentro de aquellas cápsulas, espinosas las castañas, protectoras y duras como piedras las nueces y las almendras. El bosque se transformaba como ser vivo que era. Los paseos entre sus árboles le resultaban revitalizantes. Lo que pudiera parecer decadencia, era en cambio reinicio, conversión, renovación de la existencia. Las hojas de los caducos se acumulaban en el suelo, formando un mantillo fertilizante. En la herida surgida tras el desgarro de...

CORRIHUELA

Corrihuela llenaba los cordeles con huevos vacíos. Parecía la Plaza del pueblo engalanada por ferias. Allí, en el patio, en aquel abrevadero de mulas ya en desuso para tal fin, ponía a remojo los altramuces con agua limpia del pozo.  Al lado de su casa, en una pequeña habitación, compartía zapatería con su hermano José, vecino de enfrente. Aquél pequeño habitáculo olía a cuero y a betún. En las paredes con techo bajo colgaban decenas de hormas de madera. Al lado de las pequeñas sillas de anea que usaban los hermanos para el trabajo se hallaban desparramadas las agujas curvas, el cerote y los cabos para coser.  Ellos eran la antítesis uno del otro. José era regordete y más bien bajo. Gabriel era alto y delgado, lo que le valió el mote de Corrihuela por ser "alto y seguío" igual que la hierba con ese nombre, tal como le explicó su padre una de las veces que la niña le preguntó. Les prohibieron que entrasen a casa de Gabriel. Mataba gatos y los cocinaba. No era bu...